Secret Knots

Antonio Escohotado

No es quizá este cuestionario el más adecuado para conocer a Antonio Escohotado (Madrid, 1941); pero puede que ayude a apreciar otros aspectos de él menos conocidos, igual de ricos para quienes desde hace tiempo disfrutamos de su trabajo.

El Sr. Escohotado es, sin duda, uno de los pensadores más influyentes, heterodoxos y radicales de la filosofía española, sobre la que se añade su gran conocimiento de la sociología, la economía y el derecho.
Es el autor de la fundamental Historia de las drogas, así como De physis a polis, Realidad y substancia, Caos y orden o Sesenta semanas en el Trópico, entre muchas otras obras.

Durante la última década, ha dedicado todo su tiempo a la trilogía, aún inacabada, de Los enemigos del comercio. Esta extensa investigación que, hasta la fecha, se ha publicado en dos volúmenes, nos enseña la complejidad de dos realidades que, creyéndose comportar como dos polos opuestos, siempre se entrelazan: la moral que concibe que la propiedad es un robo y el comercio su instrumento, y la ética de aquellos que creen que la prosperidad depende de la propiedad sobre uno mísmo. Son dos formas de ver el mundo que Antonio Escohotado ha observado y estudiado con fidelidad, siempre manteniéndose distante, pues nos invita a comprender los vínculos del cristianismo y el marxismo; el liberalismo y el socialismo; la caza de brujas y el utilitarismo protestante; los claroscuros del pensamiento ilustrado; los crímenes guiados por los proyectos utópicos; las sectas comunistas que acabaron prosperando; los deseos totalitarios de los mensajeros de la paz; los vicios y virtudes de los librepensadores o la tensión entre la libertad y la servidumbre a lo largo de más de dos mil años.

En este cuestionario hay preguntas menos propias de una entrevista, ya que se pueden leer muchas sobre el tema y es mejor leer sus libros. Hay cuestiones sobre el arte, pues desconocía la opinión del Sr. Escohotado al respecto. Luego hay otras más concretas sobre Los enemigos del comercio, alguna broma, una provocación y otras dispares.

Juan Rodolfo Wilcock escribió muchas biografías ficticias, como las de Schwob o Borges, y muchas de éstas las recopiló en el libro La sinagoga de los iconoclastas. Uno de los personajes de este libro, Aaron Rosenblum, tenía un plan para devolver al mundo a su estado más feliz, que el situó en 1580. De este modo, Rosenblum se propuso abolir todo lo que hubiera surgido después de esa fecha, y a su proyecto lo llamó Back to Happiness or On to Hell. Al principio del texto, Wilcock dice: «los utopistas no reparan en medios; con tal de hacer feliz al hombre están dispuestos a matarle, torturarle, incinerarle, exiliarle, esterilizarle, descuartizarle, lobotomizarle, electrocutarle, enviarle a la guerra, bombardearle, etc: depende del plan.»

La descripción que Wilcock hace de Rosenblum es muy divertida, pues su proyecto es un disparate, y quiere abolir todo tipo de cosas: el maíz, Estados Unidos, los papagayos, los Derechos del Hombre, los libros de Milton, los museos, etc; y, sin embargo, quiere reinstaurar la esclavitud para los negros; la hoguera para las brujas; la peste, la viruela y el tifus como medios de control de la población; etc.

Cuando usted contrapone, como le he oído decir muchas veces, la realidad de la fantasía, sobre todo para explicar el peligro de los proyectos utópicos, ¿qué opina de cuando éstos ayudan a que se alimenten tantos buenos libros y obras de arte?

-Pues de buenas a primeras no me represento cuáles serán esos buenos libros y obras alimentados por utopías. ¿A lo mejor las burlas al género de Huxley y Orwell?

Usted ha sugerido que la fantasía es menos profunda, arriesgada e imprevisible de lo que es la realidad, y entiendo que uno de los regalos que nos da la libertad es el placer de la incertidumbre. A mí, que me gusta mucho Richard Rorty, y en especial el uso que hace del concepto de ironista liberal, dice que lo que nos molesta de éste, es el hecho de que nos prive «de certezas revelando al mundo como ambigüedad.» Pero luego añade: «Necesitamos una redescripción del liberalismo como la esperanza de que la cultura en su conjunto pueda ser «poetizada», y no como la esperanza de la Ilustración de que se la pueda «racionalizar». ¿Qué opina usted?

-Coincido. La arrogancia del racionalismo linda lógicamente con un culto a lo abstracto, y solo me conmueve una razón poética, compasiva con lo que somos en efecto.

De la actividad del arte hay una apertura a lo desconocido, que no busca anclar, sino diferenciar. Y, si bien el arte es capaz de dotar de sentido a las cosas con las que trabaja, también las desata de su significado, como las arrastra fuera de los caminos seguros. Esta libertad del arte creo que coincide con el tipo de vitalismo que usted defiende. Por eso me gustaría saber si usted relaciona ambas cosas, o si las tiene en cuenta.

-Concibo el arte como celebración de la naturaleza. Se me indigesta la vena galerista, que empaqueta las obras con auto-apologías dirigidas al supuesto lego, aspirando a una maestría emancipada del trabajo para alcanzarla, como si los últimos no debiesen esperar pacientemente a ser los primeros. Quizá por eso paso siempre un buen rato con "instalación" en la punta de la lengua, un desliz freudiano que castiga la desvinculación entre forma y contenido.

Por lo demás, sacar a las cosas de "caminos seguros" podría significar llevarlas a donde resultan estar. Mi vitalismo viene de Ortega, y trata de combinar razón vital con razón histórica.

Si volvemos al asunto de la utopía, yo creo que la tragedia aparece cuando ésta se despoja de sus ambiciones artísticas y se convierte en un programa político. Es muy curioso que hasta el siglo XX, los libros sobre utopías eran bien divertidos: la Thelema de Rabelais, El Dorado de Voltaire, la Isla de Balnibarbi de Jonathan Swift, el Otro Mundo de Bergerac, etc. Y, sin embargo, nuestra literatura reciente está poblada de lugares de pesadilla. En mi caso, he llegado a comprender mejor el totalitarismo gracias a Kubin o Kafka, que con Karl Popper. ¿Usted cómo valora el hecho de que el arte se sirva de causas imaginarias para describir tan bien el mundo que nos rodea?

-Dedico casi medio capítulo del tomo I al género creado por Moro, que con sus "islas comunistas perfectas" acaba siendo el favorito del público, y el origen de la SF. Por otra parte, dudo de que quepa en la noción "arte" -¿por qué no llamarlo literatura imaginativa?-, y más aún de que describa con mínima fidelidad lo existente.

Vayamos por preguntas más picantes. Usted ha dicho en mucha ocasiones que la fantasía ha motivado los mayores actos de crueldad de la historia. Pero me resulta difícil pensar si éstos han sido guiados por auténticos ensueños, y no por pensamientos muy vulgares. Si uno cree que su Dios es único y que su pueblo está elegido por él, entonces luchará contra los demás. Y a partir de ahí, luchará por su identidad, su raza, su nación, etc. Estas causas son, en principio, tan imaginarias como las del arte, pero se distinguen por que las primeras sí que son un fin, y que además se han vuelto literales. ¿No piensa usted que su apreciación de que son las ensoñaciones, y no los instintos más toscos los que motivan a cometer estos actos, algo injusta?

-Si los utópicos se hubiesen declarado alguna vez servidores de pulsiones instintivas estaríamos ante otra película. Los catalanes, por ejemplo, podrían reconocer un complejo de inferioridad lingüística -compensado por el plan de imponer como sea un idioma muy local y apenas escrito-, aunque prefieren sentirse robados y tiranizados. Rechazan el mejor regalo de España, que es una lengua con la cual se entienden desde el Río Grande hasta Patagonia, hablada por un número no solo ingente sino creciente de personas.

En el primer tomo de Los enemigos del comercio, usted dedica todo un epígrafe a Bernard Mandeville y a su obra La fábula de las abejas. Esta gran sátira de la moral protestante expresa una idea genial, y es que la prosperidad colectiva depende de las pasiones y los vicios privados y que, como el propio Mandeville dijo, «sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado.» ¿Qué opinión le merece este libro si pensamos en el presente, en nuestra actual situación política?

-Rara vez se dijo tanto en tan pocas palabras, y con una pluma tan fina. La asignatura que más nos cuesta aprender es la complejidad en cuanto tal, y su Fábula ofrece un curso acelerado al respecto. Vea, por ejemplo, que algunos imputan a mi investigación sobre amigos y enemigos del comercio insultar al comunismo, porque supuestamente lo hago depender del resentimiento, cuando al menos tanto ímpetu le presta el culto a la simpleza.

Usted ha dicho que, de entre los méritos de Lutero y Calvino, es que los dos se emanciparon del ideal de la santa pobreza. Aún así, la Reforma no sólo confundió religión con gobierno, sino que exigió una gran lealtad a los nuevos creyentes. Y esto era así para unos teólogos que, curiosamente, consideraban que ser «papista y asno son uno y la misma cosa», al mismo tiempo en el que se convertían en una nueva élite, tan autoritaria como la de Roma. Por no hablar de las persecuciones a los anabaptistas, también a raíz de la guerra de los campesinos alemanes, de los que Lutero decía, en su Carta sobre el duro librito contra los campesinos, que «el que pueda, y como pueda, que les pegue, los hiera, los degüelle, los muela a palos como a perros rabiosos, [...] con el fin de conservar la paz y la seguridad.»

Siguiendo la estela de Los enemigos del comercio: una gran cualidad que posee su obra ha sido la de conectar el cristianismo con el comunismo. De manera más escueta, Stirner y Nietzsche ya hablaron de que el comunismo estaba contaminado por la moral cristiana que estaba intentando superar, y lo criticaron a base de martillazos. ¿Qué opina del trabajo de estos dos autores respecto a este juicio?

-Ambos son prototipos del yo, yo, yo, estilística y conceptualmente. Mi aportación al tema querría borrar en lo posible el gusto patético-enfático del autocomplacido, y asume dos trabajos bastante laboriosos: descargar el texto de adjetivos y adverbios (para que los ponga si acaso el lector), y cumplir el principio de continuidad, evitando saltos y otras modalidades de omisión.

Una pregunta incómoda. Un fragmento de las Perspectivas sobre el progreso, que usted incluye en Los enemigos del comercio, dice tal que así: «La democracia llega a Norteamérica sin guerra civil, y en Inglaterra el sufragio universal acaba instaurándose de modo pacífico. En Francia y en el resto del Continente la inmadurez abona derramamientos de sangre más o menos ingentes, y una causa cada vez más abrumadora de conflicto civil.»

No se pueden olvidar los méritos y las virtudes de la Revolución Americana, entre los que yo incluiría que invitaran a los ingleses rendidos a respetar la nueva Constitución; pero ¿cómo es posible que usted haya pasado por alto, al mismo tiempo que recalca los crímenes jacobinos, el lento genocidio de los nativos americanos?

-Dentro del fenómeno agrupado como Restitución, el recurso sistemático al terror es un elemento considerablemente novedoso, y la relación del espíritu jacobino con el pobrismo tradicional no se había documentado quizá con una mínima riqueza de detalle. El lento genocidio de los nativos norteamericanos tiene tantos puntos de contacto con la historia del comunismo como el lento o rápido genocidio de nativos en otros Continentes.

En otro de los pasajes de Perspectivas sobre el progreso, usted dice que Jeremy Bentham y James Mill entendieron el utilitarismo de una forma autoritaria y esquemática.

Michel Foucault dedicó un extenso capítulo al panóptico de Bentham en Vigilar y castigar, y unos años más tarde, resumió su estudio en otro capítulo que aparece en el Nacimiento de la biopolítica. Usaré un fragmento que aparece en el tercer capítulo de este libro, y trataré de provocarle un poco, aunque quizá patine.

«El panóptico que Bentham presentaba como el procedimiento mediante el cual iba a poderse, en el interior de determinadas instituciones como las escuelas, los talleres, las prisiones, vigilar la conducta de los individuos y aumentar la rentabilidad y hasta la productividad, lo presentó como la fórmula del gobierno en su totalidad, diciendo: el panóptico es la fórmula misma de un gobierno liberal; porque, en el fondo, ¿qué debe hacer un gobierno? Debe dar cabida, por supuesto, a todo lo que puede ser la mecánica natural de los comportamientos y la producción. No debe tener sobre ellos, al menos en primera instancia, ninguna otra forma de intervención salvo la vigilancia. Y el gobierno, limitado en principio a su función de vigilancia, sólo deberá intervenir cuando vea que algo no pasa como lo quiere la mecánica general de los intercambios, de la vida económica. El panoptismo no es una mecánica regional y limitada a instituciones. El panoptismo es sin duda la forma que caracteriza a un tipo de gobierno liberal.»

-Lamento no entender en qué consiste la pregunta, caso de haberla. Como en tantos otros cuestionarios suscitados por la publicación del tomo II –concretamente 9 de 11- gran parte del texto lo ocupan excursos del entrevistador, en todos los casos como profesión de fe personal.

Quiero ir dejándole algunas citas que creo que ligan con lo que usted piensa, para conocer su impresión. Por ejemplo, una sacada de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Borges.

«Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica.»

-Se trata de una simpática broma. La ontología es un saber árido como la trigonometría, y solo conociendo de primera mano a una larga secuencia de cultivadores destacados (Parménides, Platón, Aristóteles, Plotino, Proclo, Duns Escoto, Descartes, Spinoza, Leibniz, Kant, etcétera) descubrimos que es también la forma más poética de la prosa.

Veamos ésta que Nietzsche escribió en Crepúsculo de los ídolos.

«Pero se malentiende a los grandes hombres cuando se los mira desde la mísera perspectiva de un provecho público. Acaso el que no se sepa extraer de ellos ningún provecho, forme parte incluso de su grandeza.»

-Este infeliz acabó preso en un síndrome de autoimportancia. Y mira que empezó pareciéndome genial y valeroso. Lógicamente, es con Schopenhauer –otro infeliz resentido- el gran filósofo para quienes detestan o ignoran la filosofía en cuanto tal.

Una pregunta más divertida, para aligerar el final de esta conversación. ¿Qué opina de que Gustavo Bueno afirmara que «Richard Dawkins es un cretino y un intolerante»?*

-Gustavo es uno de los poquísimos pensadores españoles desde Ortega y Zubiri. Como casi siempre, acierta de lleno, porque es tan arrogante afirmar como negar la existencia de un demiurgo.

Antes de acabar. Usted ya está rematando el tercer volumen de Los enemigos del comercio. Supongo que será un volumen tan prolijo como los anteriores, teniendo en cuenta que llegará hasta… ¿1989? Me gustaría saber qué conclusiones puede sacar usted de cara al futuro. No pienso aquí en profecías; pienso si la historia del comunismo ha concluido o si, por el contrario, existe la posibilidad de una ruta totalmente nueva.

-Terminaré la exposición histórica con el premonitorio abrazo de Chávez y Ahmadinejad. Pero me tomé el trabajo de reconstruir esta genealogía para poder hacer unas conclusiones generales. Como al ir haciéndola no paré de hacer hallazgos que impusieron cambiar sin pausa lo previsto o aprendido, será entonces cuando pueda decir: opino esto.

Para finalizar… un breve elogio, si me lo permite. Considero que su trayectoria, su pensamiento y su vitalidad se podría resumir con la siguiente cita, que de nuevo es de Nietzsche. He escogido la expresión de amor fati, que aparece por primera vez en La Gaya Ciencia, y dice así:

«Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello; así, seré de los que vuelven bellas las cosas. ¡Amor fati: que ese sea en adelante mi amor! No quiero librar guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero ni siquiera acusar a los acusadores. ¡Apartar la mirada, que sea ésta mi única negación! Y, en definitiva, y en grande: ¡quiero ser, un día, uno que sólo dice sí!»

¿La suscribe?

-El Nietzsche joven tenía un talento deslumbrante, que solo empezó a atragantársele algo después, y tanto la Gaya Ciencia como textos previos son admirables. Me encanta la frase citada, y me honra ser incluido entre quienes fundamentalmente afirman. Los latinos decían amor veritas, amor rei: amar la verdad es amar la cosa concreta, lo real. El coraje de querer saber es idéntico a la decisión de soportar la vida, mirándola de frente.

 

*[ En el año 2012, Richard Dawkins se enfrentó al Arzobispo de Canterbury en la televisión inglesa. Aunque su disputa trataba sobre la existencia o no de Dios, todo aquello parecía un programa de citas a ciegas.

Gustavo Bueno dedicó una de sus charlas a refutar cada una de las cosas de las que hablaron Dawkins y el Arzobispo de Canterbury, aunque fue más duro con el primero. De él dijo que su arrogancia era total y que desconocía por completo la historia de la ciencia, aún cuando Dawkins se escudara en ella. Además, le acusó de no saber discutir en términos exclusivamente filosóficos, que atañen a la metafísica. Y, para finalizar, dijo que resultaba absurdo defender el ateísmo con la misma soberbia con la que se dan sermones.]

 

NOTA

1 Entrevista realizada por Julián Cruz y publicada por Secret Knots


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