La aparición de Antonio Escohotado en la televisión española de mediados de los años 90 fue un fogonazo inolvidable que deslumbró a toda una generación. “A finales de los años 80 este tipo de televisión, con debates sobre temas diversos de expertos o seudoexpertos, desaparece para dar paso a Gran Hermano y otras cosas del corazón…”. Él venía de otra parte: “Me fui a Ibiza en 1970 y estuve allí hasta 1983… ¿Para hacer qué? Entonces decía que, evidentemente, para hacer la revolución sexual,”. Después del extraordinario éxito de su Historia general de las drogas, Escohotado ha escrito sobre muy diversos temas y durante la última década especialmente sobre economía. Sesenta semanas en el trópico (2003, Anagrama) da cuenta de su acercamiento a los economistas clásicos y a una de las cuestiones fundamentales de la economía: las razones de la riqueza o pobreza de las naciones.  Los enemigos del comercio (2008, Espasa-Calpe) utiliza el mismo método que la Historia de las Drogas –indagar con la misma intensidad en el dato concreto y en el espíritu de la época- para abordar la “genealogía del comunismo”. Ahora mismo se encuentra acabando el segundo volumen de esta historia: “La eclosión del socialismo”. Estuvimos con él en su casa de los alrededores de Madrid y le preguntamos por el cariz económico de sus últimas obras.

Pregunta: Se diría que la economía te ha dado la clave de algo que andabas buscando desde hace tiempo ¿Cuáles han sido los jalones de esta última trayectoria?¿Cómo llegaste hasta aquí?

Respuesta: Mi formación es de jurista y filósofo… Me puse a estudiar Economía como me puse a estudiar el origen del cálculo infinitesimal cuando traduje los Principia de Newton, que estaban en latín. Entonces pensé “de paso te enteras de cómo va esto..”, porque fui un estudiante con malas notas en matemáticas.

Por lo demás, si te fijas, ya en “Caos y Orden” (1999, Espasa-Calpe) hay tres capítulos sobre economía que, de hecho, se me habían olvidado hasta reeditarlo este año. Pongo por escrito lo que me va pareciendo esencial, para no tener que seguirlo teniendo en la memoria y habilitar sitio allí a otras cosas. Lo único que realmente se me olvida es mi propia escritura, porque para la ajena conservo una memoria considerable. Son mis reflexiones, las que me apasionaron tanto, las que tengo derecho a olvidar.

En cualquier caso, creo que mi curiosidad por la economía responde en parte a un rasgo de carácter. Nací con curiosidad, animado por esa pasión de descubrimiento que podría llamarse escopofilia, y hasta me interesó por eso durante algún tiempo el porno, que es un género documental casi invariablemente degradado a folletín. De joven esa curiosidad se concentró en lo que me parecía más verdadero, que era el discurso de la poesía y el de la metafísica (por cierto, me parece que la metafísica es esencialmente la poesía en prosa), entendido como lo sencillo y profundo. Luego fui emergiendo de lo simple a lo complejo. En términos kantianos, se diría que me tiré 20 años de la vida elucubrando sobre el noumeno, y los 30 siguientes estudiando el fenómeno.

Pregunta: ¿Cuál es la tesis fundamental de “Enemigos del Comercio”, tu último libro?

No hay tesis fundamental. Investigar los orígenes del comunismo me llevó a encontrarlos documentalmente en la sociedad con más dificultades para convertirse en un Estado, donde todos mantenían relaciones de parentesco, pues es dentro de la familia donde no se soporta la diferencia de estatus económico. Estás obligado a compartir con tus familiares, y ellos contigo. Y descubrí, de paso, que la lenta aunque inexorable crisis del mundo esclavista recibió una inyección ambivalente cuando esa pequeña y volcánica sociedad asimiló el imaginario zoroástrico y se lanzó a destruir el Imperio, inspirada por el primer fanatismo. El chivo expiatorio parece una institución intemporal y universal, el fanatismo se diría inventado por los celotes judíos; si no me equivoco, fanaticus es un neologismo que aparece hacia el año 100, con Tácito, y para referirse precisamente a esos integristas.

¿Y por qué me interesaba el origen del comunismo? Pues para añadir el sentido que confiere a cualquier representación un despliegue de pormenores, para temporalizarla… algo apenas intentado aunque su tesis lleve dos milenios seduciéndonos y espantándonos. Cosa muy parecida presidía la historia de las drogas. En ambos casos había un terreno casi virgen que explorar, y una posibilidad de colaborar con el artificiero que desmonta mecanismos explosivos, encontrando con paciencia modos de convertir aquello en otra cosa del mundo, donde el sentido común y la agudeza sirven como única brújula.

Pregunta: Tu juicio sobre el comunismo es en efecto muy severo: sitúas su origen en el “odio a la prosperidad” del judaísmo y el cristianismo primitivo ¿Cualquier colectivismo te merece el mismo juicio? ¿Quiere decir esto que te adhieres al individualismo metodológico del liberalismo?

Respuesta: Lo que creo es que no podemos quedarnos con sólo una de estas cosas. He intentado en la vida ser de tal o cual forma porque era lo justo, o lo verdadero, o lo bello… Pero a medida que me hago viejo y aumenta el cuanto de realidad conocida me doy cuenta que todo está profundamente interpenetrado. ¿Hay que tener en cuenta los fenómenos colectivos? Es inevitable ¿Hay que tener en cuenta al individuo? Es inevitable.

Intento superar lo doctrinario con información; por eso en Los Enemigos del Comercio trato de recrear las cambiantes atmósferas donde resuena el mismo mensaje de “restitución”, mandando tomar partido por lo verdadero y falso, lo bueno y lo malo, cuando los estados se entienden mejor si se conciben como momentos, y los hechos como procesos.

La dicotomía libertad-seguridad es una de las pocas cosas donde no he cambiado de idea. “¿Libertad para qué?” le espetó Lenin a Fernando de los Ríos en 1921, cuando éste y el resto de la delegación española preguntaron por qué el Partido había asumido todas las responsabilidades de los soviets. Canonizando lo contrario, la propiedad privada, Comte insistió un siglo antes en que sólo estaremos seguros uniformizando criterios y procedimientos. Jefferson contestó anticipadamente a ambos con su “prefiero los azares de la libertad a las seguridades de la servidumbre”. La primera garantía de que haya alguna seguridad es la propia libertad, y nada es tan arriesgado como delegarla permanentemente en otros. Tal vez toda mi obra no sea más que una filosofía de la libertad…

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No se me oculta que nuestro maniqueísmo puede estar ya prefigurado por las sinapsis del sistema nervioso, ni que nuestro entendimiento sigue por norma el péndulo dualista de las posiciones reducidas a 0-1, como propone el principio del tercero excluso y la lógica puramente formal… Pero el ordenador que despeja a toda velocidad ecuaciones de cuarto grado, y derrota a Kasparov, es incapaz de traducir tres líneas de lenguaje natural sin infantilismo. ¿Por qué? Porque maneja una lógica sólo binaria, y desconoce aún el silogismo de analogía, que –como la propia realidad física- articula siempre muchos términos medios… Estos ingenios no tienen por ahora otra opción, pero nosotros sí podemos pensar el movimiento sin someterlo a la camisa de fuerza de algún historicismo.

Por ejemplo, oponemos socialismo a capitalismo, aunque el inventor del movimiento socialista fue el empresario Robert Owen, dueño de la primera industria a gran escala (los telares de New Lanark, donde trabajaban unos tres mil operarios). Tenía claro que el socialismo es el vástago del capitalismo –y lo mismo pensaba el grupo de amigos y admiradores suyos llamado izquierda ricardiana-; pero nuestra vena maniquea debe someter el movimiento a una oscilación polar, y acabamos comulgando con una versión de las cosas donde el socialismo sería comunismo científico, no capitalismo desarrollado. Sólo nos desprendimos de esa versión cuando el comunismo pudo ponerse en práctica largamente, y se mantuvo fiel a lo que había venido siendo -una quintaesencia de la sociedad clerical/militar, incapaz de gestionar las energías industriales-, mientras el capitalismo evolucionaba hacia instituciones laboristas…

Las deducciones de Marx sobre el fin del capitalismo son tanto más curiosas cuanto que vienen de un hegeliano. Del maestro aprende la tensión dialéctica del amo y el siervo, que usa para analizar el pasado y el presente. Pero confía tanto en el silogismo disyuntivo (y tan poco en el analógico) que pronostica una inminente simplificación. El ser humano quedará al margen de la lucha por el reconocimiento, que es la tragedia de matar y morir por prestigio… 

Y respecto a la tradición liberal, pues depende… Mises es en ocasiones brillante, pero en general muy doctrinario. Hayek no lo es, y se pasma ante lo capaz que es la realidad para contradecirnos. Schumpeter es un modelo de neutralidad valorativa. Los dos últimos no ponen en duda que lo verdadero llega siempre a posteriori, como dijo Hegel. El que quiera adelantarse con profecías tendrá sus triunfos, porque una de las vertientes del simplismo es la identificación de ciencia y pronóstico, pero menudos desbarres y meteduras de pata, menudas limitaciones las del pensamiento que se anticipa a las lecciones del tiempo. Me declaro partidario del descriptivo, que empieza y termina observando.

Pregunta: ¿Qué será lo próximo? ¿Seguirás con la economía cuando termines el segundo volumen de los “Los Enemigos del Comercio”?¿Cuáles son las cosas que más despiertan tu curiosidad ahora?

Estudié  economía para ampliar los elementos de juicio. Me vino imprevistamente bien, por ejemplo, haber estudiado un poco de derecho civil para entender a los romanos cuando se encontraron con la explosión de celotes y cristianos… Pero preguntas qué haré luego. Bueno, ahora mismo me encuentro algo cansado…Cuando termine el segundo volumen de “Los Enemigos”, si es que lo consigo, posiblemente me ponga a escribir en forma de diario, de una forma más errática. Tal vez algo similar a Sesenta semanas en el trópico pero en el noroeste de la sierra. Por cierto, ese libro ganaría mucho si pudiera quitarle lo que tiene de teoría económica aún mal digerida, y dejase sus quinientas páginas en doscientas y pico.

El diario quizá que se acople mejor a mi situación actual, cuando llega el crepúsculo de la vida. Mi sentimiento no es “qué bien Antonio, has luchado como una bestia y ahora tienes el descanso del guerrero”. Al levantar la persiana me digo cada mañana: “Joder, y los demás siguen teniendo energía suficiente para pelear por la vida”. Me estoy despidiendo de eso, y agradezco que otros lo asuman.

Por lo demás, la familia y los amigos no pueden ir mejor, y hasta la salud me ha permitido no visitar al médico hace una treintena de años. Las cosas no pueden sino empeorar, algo que es en sí una gran noticia.

 

 

© Entrevista publicada en la revista Bostezo
http://www.escohotado.org



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