El presocrático de los excesos

Sindrome de Abstinencia - Antonio Escohotado

Todo empieza en un despacho del Instituto de Crédito Oficial. Antonio Escohotado iba para filósofo, dando saltos jabonados de delfín por la Ética de Spinoza, cuando aprobó unas oposiciones en el departamento de asesoría jurídica del ICO y el pequeño filósofo se fue desinflando. La vida desplegaba ante él un ajuar de posibilidades dentro del cauce de la decencia burguesa. Eran los años 60.

Tan sólo debía seguir ese camino de perfección, cumplir con los rituales del hombre abnegado, llevar traje impecable, dar la razón a los jefes, acudir a reuniones donde el tono siempre es grave, compulsar papeles, realizar informes, entregar con fiera delicadeza la tarjeta personal a quien lo merezca. Pero aquel pollopera con cara de listo y perfil de seco había ido gestionando por dentro un territorio de libertades furtivas cuyo semillero estaba en aquella infancia en Río de Janeiro, donde su padre era agregado de prensa en la embajada de España. «Pasé del trópico pagano al nacionalcatolicismo mesetario de los años 50». Un viaje demasiado abrupto para quien adoraba en la intimidad los rituales de la cultura clásica y suburbana.

Aquel burgués bien proyectado decidió una mañana encaramarse a la nada, cuando la pleamar de los hippies empezaba a tener un gran efecto erótico en algunos individuos con el alma propensa al campo abierto. Dejó el ICO en 1970, se deshizo del futuro que le habían diseñado y marchó con mujer y dos hijos a Ibiza, y con la cabeza amueblada de lecturas de Hegel. Se había liberado de su casta de señorito, se calzó una camisa abierta hasta el ombligo, se dejó crecer el pelo como un Cristo aparecido en una acequia y empezó a vivir descalzo en una casa de payés sin luz ni agua corriente, tirando de una moral primitiva y más atento a los problemas abstractos del pensamiento que a la condición doméstica de la vida.

Allí sacó el filósofo que llevaba plegado bajo los trajes de hacendoso, tradujo más de 30 libros (de Newton a Hobbes) y escribió otros tantos. Vivir era ir dejando una biografía anticipadamente dispersa entre lecturas eruditas y tertulias de mucho porro ante el azafrán del horizonte, sin más patrimonio que el viento de garbí y una guitarra con la que interpretar a Led Zeppelin pinzando el último Marlboro en el clavijero. Los lunes salía del monte para acudir a la tertulia de traductores en el Teatro Pereira y en la librería ExLibris, donde también estaba, entre otros, el poeta Antonio Colinas. El sexo era un código de buenas prácticas en la comunidad, donde todos follaban con todos y los hábitos de la clase media provocaban una repulsión irrefrenable.

Su mujer, claro, regresó pronto con los niños a Madrid. Escohotado se quedó a sus cosas y fue tomando contorno de gurú, un oficio que no le mola nada. Había empezado a experimentar con las drogas king size, alternando ráfagas de estudioso muy sofisticado con temporadas de inquilino en el infierno. De nuevo, la clave de esta etapa hay que buscarla en su pasado, en la adolescencia. A los 16 años, aquejado de ataques de epilepsia, un psiquiatra le inyectó pentotal, un barbitúrico de acción ultrarrápida, quizá el fármaco con menos margen de seguridad. «Descubrí entonces un nuevo estado de conciencia, una nueva ventana desde la que mirar el mundo». Y se quedó asomado hasta hoy, más o menos.

Uno de esos días de subidón ibicenco, en una de las casas de campo en la que Escohotado y sus colegas habían establecido una Arcadia de diosas con ojos color ola que orinaban de noche en la playa, decidieron montar una discoteca con cuatro bafles y 20 discos. Le pusieron por nombre Amnesia. Allí se drogaban, bailaban, se metían mano, hablaban de Goethe o del caos, de Bertran Russell o del último ácido, de Marcuse y de valium. Amnesia tomó fuerza y se convirtió en el faro de costa del exceso de Eivissa. Por ahí pululaban, en noches loquísimas, Eddie Grant, Roman Polanski, David Carradine, Ritchie Blackmore (de Deep Purple) y una tribu desatada que empalmaba una madrugada con otra desde aquel ministerio de la libertad, bailando temas de los Rolling. Amnesia está considerada hoy uno de los mejores clubes del mundo. Y la fundó un filósofo, un jurista, un sabio en Aristóteles con 20.000 pesetas.

Cumplido ya el manual del buen salvaje, Antonio Escohotado regresó a Madrid, se enroló de profesor en la UNED, continuó con sus tochazos de filosofía presocrática y filosofía de la ciencia, y en 1989 cometió el imprudente acierto de escribir una Historia general de las drogas. Más de 1.500 páginas sobre el asunto abordando aspectos históricos, culturales, mitológicos, antropológicos, sociológicos, políticos, químicos y médicos. Aquel trabajo lo convirtió en la fuente más fiable en la materia y en chamán plenipotenciario de las sustancias, con un ejército de seguidores y dos o tres de detractores. Paseó por la televisión su discurso a favor del consumo responsable y sobre la despenalización desde una perspectiva libertaria, al compás de las teorías liberales de Thomas Szasz.

En ese trajín, Escohotado conoció a Albert Hofmann, el padre de la era psicodélica, el químico que sintetizó el ácido lisérgico mientras estudiaba los alcaloides producidos por el cornezuelo del centeno. Se convirtió en su anfitrión en España y en su mejor discípulo en la calle. Pero no le hicieron la vida fácil. «Tras componer la historia de las drogas comprendí que había documentado una parte considerable del miedo a nosotros mismos. Igual que ahora que termino una historia del comunismo comprendo que he documentado una parte no menos considerable del miedo a los demás… De la piel para dentro empieza mi explosiva jurisdicción, y no merece llamarse sociedad civil aquella donde no cunda el derecho a la extravagancia. Pienso en lo que decía Spinoza: 'Un cuerpo capaz de muchas cosas tiene un alma fundamentalmente eterna'». Esta pasión insurrecta por defender aquello en lo que cree le puso en la cárcel varias veces y le costó ser postergado en la Universidad.

Inteligente, osado, irónico y severo, con un punto de desengaño, Escohotado vive a las afueras de Madrid, en una casa con mirador al campo. No está exactamente retirado, sino voluntariamente al margen. Al margen de la charlatanería del presente. Continúa con su farmacopea habitual, donde la heroína fumada, algunos días, forma parte del menú. Tiene 75 años. Lleva 15 sin pillar un resfriado, considera el pesimismo una frivolidad y bebe cerveza mezclada con Casera mientras suena de fondo Häendel o Bach. El lobo no se ha cansado de ser lobo, pero sí quizá del trabajo que requiere ser feroz.

 

NOTA

1 Entrevista realizada por Antonio Lucas y publicada el 20 agosto, 2013
http://www.caffereggio.net/2013/08/20/el-presocratico-de-los-excesos-de-antonio-lucas-en-uve-de-el-mundo/


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