SEGURIDADES Y APUESTAS

Hablando de la ideología victimista, que tan tranquilamente se arroga la defensa del progreso, prometí la semana pasada esforzarme por hacer algunos análisis concretos de la realidad concreta. Hoy tomo como referencia La izquierda en el umbral del siglo XXI, un novísimo libro del que conocemos un capítulo –“Globalización del capital”-, por haberlo prepublicado hace poco el periódico español de mayor tirada. La meta de su autora, Marta Harnecker, es críticar a un capitalismo que abandona metas productivas por metas especulativas, debido a que “aseguran una tasa de ganancia mayor”.
En términos económicos especular significa apostar por el riesgo, como cuando en una mesa de ruleta no ponemos la ficha a par o impar, negro o rojo –con una probabilidad teórica de lucro establecida en 1/2-, y optamos por un solo número, con una probabilidad teórica que se reduce a 1/36. Por tanto, la especulación no asegura una tasa mayor de ganancia, sino que justifica –en caso de muy buena suerte- una ganancia proporcional al riesgo. Sentados en torno a una mesa de ruleta, nos sorprendería que quienes apuestan a par o impar, negro o rojo, llamasen “especuladores parasitarios” a quienes apuestan por el 7 o el 23, aunque Harnecker no vacila en aplicar ese adjetivo a las “transacciones financieras”, como si los mercados de valores fuesen –en fondo y forma- cosa distinta de un gigantesco casino. ¿Prohibiremos los casinos, y las Bolsas, para evitar que unos pocos ganen mucho, a costa de los que perdieron poco o mucho?
La respuesta de su libro es evidentemente positiva. Siguiendo la vena tremendista de Vivianne Forrester, que hizo su agosto con un panfleto llamado El horror económico, traducido a veinte lenguas, Harnecker presenta el predominio de lo financiero como una plaga no menos arbitraria, que sigue al “estancamiento de los años setenta.” Recordemos nosotros que entre 1973 y 1979 el precio del barril de crudo pasó de 2 a 20 dólares, provocando un endurecimiento de la inflación que se combatió elevando el interés del dinero. Eso supuso para bancos y cajas de ahorro una fuerte contracción en la demanda de créditos, gigantescas carteras de hipotecas ruinosas (por su bajo interés), y otros efectos indeseables.
Moscú anticipó una crisis definitiva del capitalismo, consumada gracias a libios, iraquíes y otros revolucionarios exportadores de petróleo, si bien el Primer Mundo supo reaccionar. En un plano, desarrollando todo tipo de motores que gastasen menos gasolina, así como energías alternativas. En el otro, inventando o potenciando nuevas inversiones, que se llaman “derivados” (por derivar de una inversión previa, o “subyacente”). Algunos años más tarde el ahorro energético reducía de modo drástico el precio del petróleo (¿dónde iban a almacenar los países de la OPEP sus enormes excedentes?), y el mercado de nuevos productos financieros crecía en torno a un 30% cada año.
Harnecker denuncia estos productos de la ingeniería económica como “ masas de dinero buscando la rentabilidad máxima de la forma más opresiva.” Con todo, le costará reclutar inversores que aspiren a rentabilidad mínima, o siquiera media. Europa empezó a abandonar el subdesarrollo inventando la corporación mercantil, que se basa en el principio de una pérdida limitada (al capital social) y una ganancia potencialmente ilimitada. Gracias a esa responsabilidad limitada –algo prácticamente desconocido hasta el siglo XVII- dejó de ser un riesgo infinito asociarse con otros, y el dinero antes oculto o inmóvil empezó a afluir para una gama muy amplia de empresas. Una vez inyectado en el circuito suscitó comercio, nacional e internacional, y sentó las bases industriales del mundo próspero, cuyo fundamento último es la confianza. Depositamos nuestros ahorros en el banco, sabiendo que éste no guarda en metálico ni el 10% de esos depósitos, porque en sociedades civilizadas las quiebras bancarias son muy infrecuentes; allí donde abundan, el dinero vuelve a esconderse o se exporta a otros países, produciendo recesión en ambos casos.
Prototipo de corporación mercantil, la sociedad anónima se reparte en acciones, y la novedad de estas últimas décadas –el gigantesco mercado mundial de “derivados”- viene de prometer al accionista una situación ventajosa ante saltos de su valor. Pagando los oportunos contratos de opción, y sustanciosas comisiones al intermediario, podrá vender, comprar o permutar sus activos financieros (acciones, divisas, bonos) a precios fijados de antemano. Finalmente, algo parecido a un seguro contra incendios, completado con otro para no quedar al margen de bicocas. La ingeniería financiera es en consecuencia un cálculo de garantías, que no resulta criticable por “asegurar” al inversor “rentabilidad máxima de la forma más opresiva”, como cree Harnecker, sino por lo contrario.
Sus pretensiones de modelo fiable, apoyadas sobre un aparato matemático muy insuficiente para la complejidad de los mercados, movilizaron dinero que dormía en cuentas corrientes, o bajo el colchón. Y aunque esto suscitó actividad económica, también aumentó la evanescencia de los activos, a la vez que reducía su rentabilidad, motivando más ansias especuladoras. De ahí el crescendo en los episodios de pánico bursátil (1982, 1987, 1994, 1997, 1998, 1999), fenómenos antes muy espaciados, que suscitan operaciones cada vez más frecuentes de rescate, protagonizadas por el Banco de la Reserva Federal o el FMI. Como los fondos de inversión no sólo administran buena parte del dinero de entidades crediticias, sino el de mutualidades y fondos de pensiones, resulta que directa o indirectamente casi todos dependemos de su buena marcha.
A mi juicio, un análisis de la ingeniería financiera –por muy crítico que sea con sus pretensiones de infalibilidad- no autoriza a considerarla como simple añagaza para expolio del humilde. Así olvidaríamos que nuestro deber como ciudadanos -y como potenciales inversores- no es afiliarnos a alguna paranoia, sino acumular conocimientos que posibiliten intervenciones ventajosas. Por ejemplo, establecer qué proporción de capital inmovilizado deberían aceptar los fondos para cubrir eficazmente a sus clientes y acreedores; o qué grado real de exposición a riesgos crea el uso de los actuales modelos; o si será conveniente aplicar a todas las transacciones financieras una pequeña tasa (sugerida hace casi medio siglo por James Tobin), que funcionaría como reserva para situaciones de emergencia, etc. En cualqiuer caso, mejorar y multiplicar sistemas periódicos de verificación, mediante prueba y contraprueba, parece mucho más oportuno que anclarse a pontificaciones voluntaristas y datos inexactos.
Y una amalgama de estas dos últimas cosas exhibe Harnecker, al hablar de los fondos de inversión como sanguijuelas, sostenidas por “fondos de pensiones construidos en base al aporte forzado de los asalariados”. En el sistema vigente de seguridad social la partida básica es sufragada por quien paga el salario, y se complementa con aportaciones del tesoro público. Si al jubilarnos sólo nos devolviesen la parte proporcional de nuestro sueldo detraida para la mutualidad no tendríamos una pensión vitalicia, prolongada luego a algunos familiares, sino una cifra que -cuando mucho- daría para tirar tres o cinco años. Cosa distinta es que las pensiones sean suficientes unas veces, y muy miserables otras, dependiendo de la prosperidad de cada país, y de la honradez de sus gobiernos. Lo peregrino sería que esas toneladas métricas de dinero se depositasen en bóvedas, roidas por la inflación, cuando invertirlas cautamente no sólo podría evitar esa merma y estimular la actividad del conjunto, sino rendir un interés adicional a los propios asalariados.
Lejos de agotarse en su contraposición, la economía productiva y la especulativa son momentos en una misma actividad humana, dedicada al intercambio de bienes y servicios. La actual fiebre financiera nace con el Estado del Bienestar, que inmovilizó enormes sumas para ligarlas a servicios de atención médica, distintos subsidios y planes de jubilación. Con el tiempo dichas sumas entraron resueltamente en el circuito económico, y nuestro desafío es que su movilización siga produciendo prosperidad. A tales efectos, nada más necesario que dejar de creer en la ingeniería financiera como fuente de ganancias infalibles..Los productos que esos ingenieros venden –como la llamada cobertura dinámica- son, además de caros, inservibles ante cualquier episodio de turbulencia seria, e inducen entonces conductas gregarias (especialmente ruinosas en tales casos). Por lo demás, funcionan aceptablemente bien... a falta de algo mejor.
Curiosamente, el discurso victimista funciona como propaganda –aunque sea involuntaria- de lo denostado. Así, atribuye a la especulación una capacidad de generar superbeneficios sin riesgo para sí misma, o para sus incautos clientes. He ahí un nuevo infundio, superpuesto al infundio básico de la plétora, que sería una reserva inagotable de capital ocioso, disponible siempre. Pero hoy sabemos que ni las más informatizadas técnicas inversoras aseguran ganar, sino -cuando mucho- no perder todo de golpe. Como sucede con los incendios en salas abarrotadas, el principal peligro es la propia ola de pánico, que en un caso lanza a las personas a aplastarse tratando de cruzar a la vez angostas puertas, y en el otro las mueve a querer comprar o vender todas al mismo tiempo.
Al oponer economía productiva y especulativa pasamos por alto una transición mucho más novedosa y profunda, que achica el valor del capital clásico –hecho de tierras, títulos e instalaciones- y agiganta el de un capital humano, hecho de laboriosidad, invención y maestría. A grandes zancadas, la propiedad se reconvierte en propiedad espiritual o intelectual, un patrimonio incustodiable con vallas o puertas. Unos saludan dicha transformación, otros la perciben como un cataclismo inmerecido, y otros parecen seguir en la higuera.

 

Antonio Escohotado
Artículos publicados 2003
http://www.escohotado.org

 



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