PARADOJAS DE LA RAZÓN

Una manera de reivindicar la libertad es alegando el consejo de cierta voz interior, como hicieron Sócrates, Cristo, Juana de Arco o Giordano Bruno. Frente a la forma común o establecida de ver y obrar, el testimonio de esa voz propia provoca un conflicto sublime y desgarrador, donde aquella individualidad que compendia las más altas cualidades acaba siendo sacrificada por una cruel vileza. Al mismo tiempo, el detalle de estos procesos tampoco omite que a sus jueces les resulta de alguna manera incómodo perseguir meros pensamientos, y que –como representantes de la institución hegémonica entonces- no exigen a fin de cuentas sino un claro gesto de humildad en el reo para absolverle o, al menos, para evitar su ejecución. Pero en vez de ese gesto el reo produce una sucesión de malentendidos donde, al término, es evidente el desacato.

Como si el drama estuviese escrito por el mismo guionista, acusadores y acusados contribuyen de modo puntual a conseguir lo peor para ambos: una muerte que siega la vida del alma bella y que incrimina para siempre a quienes la ordenaron. Otra manera de reivindicar la libertad es poner en cuestión algún punto muy concreto de las costumbres, cuidando a la vez de cumplir con creces en todos los restantes. Aquí el reo no sólo acepta la oferta de clemencia, sino que admite la fragilidad de su entendimiento y el saber acumulado por cualquier institución remotamente hegemónica, permitiéndose por eso mismo plantear la renovación como progreso. Menos sublime que la primera, esta segunda forma de defender la libertad no abona carniceros ni mártires, y marca en buena medida el tránsito al mundo moderno.

Un modelo bien conocido es el proceso a Galileo, que no termina en truculencia redentora. Los inquisidores piden que se abstenga de proponer la tesis heliocéntrica, o bien que pruebe su veracidad. Galileo hubiese podido hacerlo recurriendo a los hallazgos keplerianos, si bien prefirió presentar una teoría tan suya como errónea sobre las mareas a admitir el genio de un colega. Cuando los asesores matemáticos del tribunal le enfrentaron con ello optó por arrodillarse, pedir perdón al Papa y sugerir al tribunal que le encargara un tratado astronómico, donde defendería la tesis geocéntrica. Es una suerte que el cardenal Bellarmino –presidente de los jueces- no le tomase allí mismo la palabra, permitiendo el “e pur si muove” (“y, sin embargo, se mueve”) que -según dicen- musitó al abandonar la sala del juicio. Galileo no era exactamente un dechado de virtudes morales, como tampoco lo fue Newton, y si hubiese dependido de ellos el mundo habría borrado el recuerdo de Kepler, por no decir el de cualquier rival en descubrimientos.

Sin embargo, a diferencia de otros procesados por sus ideas, Galileo no cedió a la tentación de canonizar una voz interior infalible, gracias a la cual acusadores y acusados escenifican monótonamente la cura por expiación. Un siglo más tarde todas las zonas civilizadas reconocen que el entendimiento no admite coacción externa, sencillamente por su propia naturaleza inmaterial, y elevan a derecho civil supremo la libertad de conciencia y expresión.

De ello seguimos convencidos hoy, varios siglos después, aunque el delirio totalitario produjese durante buena parte del siglo XX inquisiciones incomparablemente más feroces y masivas, aligeradas de proceso y hasta de pública ejecución, fieles al estilo comisarial que Kafka describe. Es una asignatura pendiente desmontar el esquema en cuya virtud muchos siguen aferrados a venerar la pasión de un héroe-chivo. Tras sufrir sin resistencia alguna su condena, el grupo le eleva a santo o incluso dios, poniendo en marcha una tardía expedición de venganza contra quienes le fulminaron.

Lo monótono y bárbaro de este ciclo, usado durante milenios para justificar cambios -religiosos, éticos y políticos- otorga a esos mártires la “razón”, y concibe a los inquisidores como instrumentos al servicio de lo contrario. Con todo, las instituciones sociales y, en general, las costumbres de cada tiempo albergan un contenido de “razón” (si se prefiere, de información objetiva) mucho mayor que cualquier ocurrencia personal, y si alguien decide proponer reformas debería tenerlo muy en cuenta. En otras palabras, es un enorme logro de la civilización que ya no se pueda perseguir –legítimamente- la idiosincrasia subjetiva. Pero no porque la razón asista en mayor medida a quien ejerce su libertad de conciencia, sino porque las costumbres más prácticas de un país civilizado necesitan constante innovación para no fosilizarse.

Limitándonos a Sócrates, Cristo, Juana de Arco y Bruno, supongamos que hubieran dicho a sus inquisidores algo como esto: “No tengo seguridad alguna acerca de lo que siento y pienso, que puede estar condicionado por soberbia, ignorancia, agotamiento, turbación y miedo. Entiendo, desde luego, que cualquier comunidad debe hacer cumplir ciertas reglas con amenazas de castigo. Me limito a sugerir que nuestra comunidad se empobrece –en vez de fortalecerse- si dicha coacción trata de afectar el fuero interno de cada uno. Así como yo le debo respeto a este tribunal, que representa una sabiduría de generaciones, me atrevo a pensar que él comprende hasta qué punto beneficia a una sociedad admitir cambios en su forma de entender y adaptarse al mundo, cambios cuyo origen suele estar en la iniciativa de frágiles y falibles individuos.

No insisto, pues, en mi iluminación, mi llamamiento o en cualquier cosa relacionada con mi subjetiva persona, sino en la ventaja que para todos supondría reducir la coacción penal a actos que atenten contra la vida o hacienda del prójimo. A diferencia de bienes como la vida o la hacienda, la verdad se defiende por definición ella sola, como adversario siempre suficiente del error, y entiendo que creer otra cosa es rebajarla a opinión arbitraria”. Apartado por el propio reo su yo del caso, el tribunal se habría visto llevado a sentenciar que el fuero interno es punible –hasta cuando la persona no confía ciegamente en él-, cortando así la hierba bajo sus propios pies. Al reo se le habría conmutado quizá la pena capital por alguna otra, y a los espectadores se les habría ofrecido algo distinto de un santo cordero, sacrificado por el bien común. Pero esta salida al conflicto no depende ni de los inquisidores ni de la audiencia que tan pasivamente asiste al atropello de la libertad, sino de que el perseguido descarte obrar como santo cordero, admitiendo su componente de irracional soberbia, y renunciando de modo expreso a infalibles revelaciones. He ahí un arduo cambio de género: la tragedia patética se convierte en sereno debate sobre tiranía y buen gobierno, un espectáculo bastante menos atractivo para grandes audiencias, y desoladoramente prosaico para temperamentos redentoristas.

Pero nadie es más que nadie, como dice el refrán, aunque todos seamos tan distintos. Una sociedad abierta, donde cualquier Inquisición sea delito, debe desmontar el mecanismo expiatorio pieza a pieza, como el artificiero. Y eso empieza pidiendo a los potenciales mártires que no presenten su caso como el de una salvadora razón en lucha con la sinrazón. Ahora mismo, sin ir más lejos, esto les vendría muy bien a palestinos y otros kamikazes islámicos, tan convencidos de que un mártir es siempre preferible a un simple ciudadano.

Igual de bien les vendría a algunos redentores de la patria vasca, si hace tiempo no hubiesen pasado la carga del martirio al prójimo, reservándose ellos la toga del inquisidor tanto como el hacha del verdugo.

 

Antonio Escohotado
Artículos publicados 2003
http://www.escohotado.org



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