NAVEGANDO LA COMPETENCIA

Antes era común conseguirse un empleo o un negocio, y –si no ocurría alguna catástrofe- vegetar de por vida con aquello. El mundo pronunciaba un sí o un no ante nuestra oferta de trabajo. Ahora intentamos hacer lo mismo, pero la respuesta habitual es hoy sí, mañana no, pasado veremos. Fluctuante e irregular como nosotros, quien compra nuestro trabajo busca su utilidad momento a momento, lanzándonos a renovados esfuerzos por no defraudarle. Esto acontece sobre todo en los oficios con más perspectivas de promoción, donde a la jornada laboral se añade una cantidad creciente de tiempo extra, robado al ocio para no quedar descolgado de las incesantes novedades.

¿Qué justifica el estrés aparejado a tanta rivalidad, que también llamamos agonismo (del griego agon: “certamen”, “concurso”)? Si no me equivoco, lo justifica un intercambio mucho más rápido y seguro de muchos más bienes y servicios. Como esta meta tan prosaica apetece a todos, moderar la competencia es una solución que apenas tiene respaldo, pues los experimentos colectivistas –y vaya si han sido numerosos- desembocan en un intercambio mucho menos rápido y seguro de muchos menos bienes y servicios. De hecho, semejante cosa es indeseable hasta para el más humilde inmigrante ilegal, que no habría emprendido su duro éxodo si la promesa fuesen vales de ropa, techo o alimento gratuito, en vez de posibles lujos cuando las cosas mejoren. Sincronizado con ello, lo que se consideró riqueza (“capital”) deja de residir primariamente en tierras, títulos e instalaciones. Ahora deriva ante todo del trabajo, aunque ese trabajo ya no sea mano de obra inespecífica, sino capacidad de invención y pericia, en definitiva: conocimiento.

La propiedad material reaparece como efecto de la propiedad intelectual, y el cultivo de capitales no humanos se transforma cada vez más en un cultivo de saberes o capitales humanos. Como observa Paul Romer, “en la actividad de descubrimiento reside el corazón de la vida económica”. Por eso las acciones de Intel y Microsoft –empresas dedicadas a inventar chips y software respectivamente- valen hoy más del doble que las acciones de toda la industria automovilística, sumando Estados Unidos, Europa y Asia. ¿Acaso el hallazgo valía menos antes? Las culturas construidas en torno a gobiernos paternales quieren cumplir un retorno de lo igual, que rechaza el desequilibrio inducido por las innovaciones y fomenta masas en estado de permanente infancia. Nuestra cultura contemporánea no es así, y el estabilismo de la teoría económica clásica ha dado paso a una comprensión del desequilibrio como vitalidad y factor creador. La “libido empresarial” (Schumpeter) desató un proceso de renovación en cadena, que mina las formas establecidas de oficio y beneficio alumbrando sin pausa otras, aparente o realmente más rentables.

Desde luego, el hallazgo crea destruyendo, arrinconando en el desván de trastos viejos lo apreciado antes de modo unánime, y eso explica que algunos vean en el hoy un estado de cosas regido por la cruel supervivencia del más fuerte, ajena a “lo social”. Sin embargo, ya nos gustaría saber qué es “social” ahora. Atendamos por ejemplo a Robert Shiller, un eminente economista que desde Yale coordina el trabajo de varios departamentos en otras universidades. Según sus investigaciones, el patrimonio que mueve los mercados de valores –desde Wall Street a Hong Kong- apenas alcanza al 3% de la renta bruta mundial, mientras una inmensa mayoría del resto sigue estando en rendimientos del trabajo, vivienda y bienes de consumo duradero. Tradicionalmente, estos últimos activos se consideran “ciegos” o de “precio oculto”, y en consecuencia no tasables sino a corto plazo. La novedad de Shiller es sugerir que con nuevas técnicas ese inmenso porcentaje de la renta bruta planetaria podría “titulizarse” (y ser negociado en Bolsas específicas). Semejante cosa significaría que hasta el último céntimo se ha hecho incorporable al circuito financiero, completando una movilización absoluta de recursos.

El procedimiento sería crear macromercados –descomunales para el estándar actual- que gestionarían seguros contra los riesgos básicos del capital popular o social, que son inflación y caída en las rentas del trabajo. Confieso que las primeras noticias de Shiller me dejaron mareado, con el vértigo que produce pensar en miles de billones de euros y dólares, zigzagueando a la velocidad de la luz por los lóbregos pasadizos de la ingeniería financiera. ¿No es una sugerencia frankensteiniana, con el crescendo de pánicos que agita las Bolsas en la última década? ¿Qué grado de estrés cabría esperar si la dinámica del casino se prolongase a todo, transformando en valores bursátiles nuestras casas, nuestros sueldos, nuestros coches y el resto del equipo hogareño? Al mismo tiempo, la propuesta es cubrir con pólizas de seguro lo que hasta ahora queda al margen de garantía alguna, y no sólo expuesto a depreciación sino a los bandazos de un mercado financiero como el actual, que moviendo apenas el 3% de la riqueza arrastra por las buenas o por las malas al resto; no me discutirán esto, recordando que los actuales fondos de inversión mobiliaria gestionan hoy el patrimonio de ayuntamientos, mutualidades y fondos de pensiones.

Por consiguiente, los macromercados shillerianos podrían devolver su peso real a cada platillo de la balanza, ya que a fin de cuentas proponen ampliar los sistemas de cobertura previstos para la especulación financiera a otros campos. Si los elementos de la riqueza doméstica dejan de ser “ciegos”, pagando las correspondientes primas podrían cubrirse albures como subidas en el IPC o bajadas en el sueldo. ¿Es “social” esta finalidad? Desde una perspectiva, el proyecto apunta a acabar sustituyendo los sistemas públicos de seguridad social por sistemas privados. Desde otra, denuncia que haya seguros para cubrir cambios de precio en bonos, acciones y divisas, y no para cubrir cambios de precio en rentas del trabajo y accesorios suyos.

El asegurador ofrece a algunos pólizas limitadas a defunción o unos pocos daños (robo, inundación, incendio) en el entorno inmediato, mientras ofrece a otros pólizas contra accidentes mucho más sofisticados, todo ello partiendo de que los activos más comunes son imposibles de tasar. Entonces aparece Shiller, y plantea dicha situación como una amalgama de prejuicio y privilegio: un ínfimo porcentaje de la riqueza se aprovecha de que el enorme resto no parezca riqueza negociable, como la suya, ni pueda auto-organizarse en mercados incomparablemente más grandes que los suyos.

La ambigüedad está servida. Hechos a lamentar que un pequeño porcentaje de la población acumule un enorme porcentaje de la riqueza, ahora constatamos que sólo un pequeño porcentaje de la riqueza tiene “instrumentos de cobertura”. ¿No vendrá de eso entrar por la puerta pequeña –inconsciente e involuntariamente- en la dinámica de los mercados actuales, que si se comparan en volumen potencial con los intuidos por Shiller son lonjas pueblerinas de contratatación, micromercados? ¿No será que los macromercados shillerianos resultan criaturas tan parecidas a la del doctor Frankenstein como democráticas, donde el interés particular y el público convergen? Aunque no sean instituciones públicas su finalidad es social de principio a término, y aunque sean por definición locales su base es rigurosamente descentralizada, mundial. Por lo demás, las técnicas para transformar bienes de precio oculto en bienes de precio manifiesto, y la gestión de los propios megamercados, presentan todavía grandes dificultades prácticas.

Lo único innegable es que a Shiller le escuchan. En 1993 propuso reducir riesgos correlacionando intereses de deuda pública e IPC, y desde 1997 varios países -empezando por Estados Unidos- así lo hacen. La mayor bolsa de derivados financieros –el BOT de Chicago- se prepara para lanzar seguros contra depreciación de la vivienda por caída en los alquileres (otra sugestión de Shiller), y en general su perspectiva parece un modo nuevo de suavizar las fluctuaciones que padece la inmensa mayoría de la renta bruta en este planeta. ¿Será realmente más dificil tasar de modo objetivo ciertos títulos –digamos una acción de Terra- que el flujo de ingresos producido por el supermercado de la esquina, la consulta del dentista que vive enfrente o cualquier rama fabril? Marx fundó el valor en el trabajo, porque hasta la fertilidad natural de la tierra resulta escasa sin una agricultura, que preparando el terreno convierte cada grano de trigo bien sembrado en diez o doce.

El resto de los criterios marxistas, y en particular el colectivismo, padecen un merecido descrédito. Pero seríamos sectarios (por ejemplo, “izquierdistas”, o “derechistas”) si no saludásemos con orgullo la transformación del mundo que acompaña el gradual retorno de la riqueza a su fuente, el tránsito de capitales supuestamente no humanos a capitales radicalmente humanos, inseparables de laboriosidad, maestría e invención. Comparadas con este proceso, las ideologías palidecen. El respeto por el ser humano en cuanto tal –con su reflejo en derechos, libertades y prosperidad- pasa por reducir la coacción a estrictos mínimos, haciendo de cada uno señor supremo en su esfera privada. La experiencia nos indica, además, que dicho respeto despliega las alas al comercio, la industria y la ciencia en grado inaudito, y que ese camino –iniciado en Europa hace unos cinco siglos- no puede despojarse de espontaneidad sin despojarse de vitalidad.

Por supuesto, seguirá siendo un deber del Estado intervenir en muchos campos, entre otras cosas para preservar reglas del juego limpio ante la proliferación incesante de lo contrario. Sin embargo, obsérvese que jugar limpio desarma costumbres y preceptos anacrónicos, consagrando una competencia en perpetuo aumento. Cada vez más ligado a un concurso de méritos, el desahogo económico y la opulencia técnica se alimentan de agonismo. Y aunque los Reyes Magos regalan más cada año, nadar sin meterse en algún agua sigue siendo imposible. A nuestra oferta de bienes o servicios, cursada con vocación de contrato vitalicio, el mundo responde con la ironía de un mandarín: hoy sí, mañana no, pasado veremos.

 

Antonio Escohotado
Artículos publicados 2003
http://www.escohotado.org



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