MAQUILLAJE EN EL ESPACIO

Cualquier ingenio capaz de dejar atrás la estratosfera, y seguir funcionando, pide grandes inversiones. El tipo de cosa que solemos hacer no se adecua a miles de grados en ciertos momentos, frío sideral en otros y estados como la ingravidez; lo mismo puede decirse del tamaño, el peso o la tenacidad de cada componente. De ahí que tenga poco sentido pedir economías en un terreno como la investigación del espacio. Cuando mucho cabe alegar, como hacen algunos, que antes de lanzarse a hacer habitable la inmensidad exterior procedería hacer más habitable nuestro planeta.

Si de mí dependiera, lo confieso, seguiría sufragando una aventura que no deja de prometer conocimientos, pues antes de ahorrar en el alpiste del loro está pendiente meterle mano a la combinación de robo fiscal y fraude fiscal padecida por nuestras sociedades. Esto viene a cuento tras la peripecia del cohete Ariane, que mientras calentaba motores era primariamente un orgullo francés, al estallar se convirtió en un fracaso de toda la UE, y poco después se barajaba ya en las redacciones como modelo mundial de gasto rápido, capaz de evaporar en cuatro segundos un billón de pesetas. Considerando que el simplismo nos amenaza constantemente, y considerando también que el consorcio responsable del programa aeroespacial europeo espera el dictamen de una comisión investigadora, me permito recordar al lector la investigación de un resultado parejo, aunque mucho más luctuoso.

Hace una década, el 28 de febrero de 1986, estallaba la nave Challenger -con sus siete tripulantes dentro- ante los atónitos ojos del mundo entero, clavados a la pantalla de televisores que repetían aquellas imágenes como si de un disco rayado se tratara. Quedaba en entredicho la NASA, su patrocinador, y aquella misma noche el presidente Reagan solicitó el dictamen de una comisión oficial. Algo más tarde se supo que la causa directa del desastre había sido un defecto de elasticidad en los anillos de caucho montados para sellar los distintos cohetes propulsores; dichos anillos habían mostrado distintos niveles de deterioro en los siete vuelos previos, y la compañía encargada de hacerlos ya advirtió sobre los inconvenientes de realizar el lanzamiento en días fríos.

Pero el despegue había sido aplazado tres veces, pesaban las deficiencias observadas en un viaje previo de la lanzadera (cuyos tres tripulantes salvaron la vida por los pelos), y la dirección necesitaba un éxito rápido. Por otra parte, el desastre no sólo ponía en juego el honor de la Administración norteamericana sino la honradez de muchos más, que representaban a las principales empresas del país. De ahí que el dictamen de los investigadores adoptara tonos hagiográficos: "Esta Comisión recomienda vivamente que la NASA siga recibiendo total confianza, aplaude sus espectaculares logros en el pasado, y anticipa impresionantes logros venideros". Esas palabras se negó a suscribirlas Richard Feynman, único miembro de la Comisión que además de haber estudiado ingeniería era premio Nobel -por fundar la electrodinámica cuántica-, y llevaba cuarenta años siendo la primera referencia en física teórica. Contraviniendo todas las previsiones, su enfermedad terminal no impidió que descubriese la causa inmediata del desastre, ni que produjese un informe ulterior muy embarazoso, desde luego no suscrito por ninguno de los otros comisionados.

Partiendo de su propio punto fuerte -el análisis de procesos probabilísticos- Feynman puso de relieve una sistemática manipulación en los cálculos. Por ejemplo, el riesgo de erosión en los anillos de caucho aparecía evaluado en uno por cien mil, cuando a bajas temperaturas es del catorce por cien. Motores y otras piezas venían a durar, en buen estado, una décima parte de lo previsto. Las probabilidades reales de un accidente grave no eran inferiores a un tercio en cada lanzamiento. El motivo tampoco era un misterio: la NASA y sus contratistas defendían una idea de naves más baratas, por reutilizables, y como esa idea no se había puesto a prueba con mínima honestidad estadística, el resultado era una nave reutilizable -la propia lanzadera Challenger- que tras cada misión necesitaba reparaciones muy caras, sin duda más que emplear un cohete desechable. Eso explicaba, de paso, que las misiones cumplidas hubiesen sido apenas una fracción de las previstas inicialmente, y que sus frutos científicos resultasen escasos. Las líneas finales del informe presentado por Feynman tienen poco desperdicio: "Exagerar. Exagerar cuán económica sería la lanzadera, exagerar cuántas veces podría volar, exagerar lo que iba a descubrir (...) Pero en una tecnología que aspire al éxito la realidad debe primar sobre las relaciones públicas, porque no lograremos engañar a la naturaleza".

Tras milenios de fasto imperial caro, se diría que entramos en una época de ciencia barata. Quienes ordenaron levantar las pirámides de Gizeh o la Gran Muralla no necesitaban victorias electorales periódicas, justo al revés que quienes asumen actualmente las grandes obras públicas. Quizá por eso hasta hace medio siglo los hallazgos científicos apenas costaban dinero, mientras hoy no parece posible progresar sin supercolisionadores/superconductores o laboratorios instalados en minas de sal a varios kilómetros de profundidad. En otras palabras, ahora es preciso decir que el gasto redundará en notables economías, como se dijo del kilovatio producido mediante plantas nucleares, aunque a la hora de calcular el precio de ese kilovatio no se incluyese, por ejemplo, lo que cuesta almacenar plutonio y otros residuos de modo verdaderamente seguro, ni lo que cuesta enterrar las plantas ya inservibles.

Quizá el Ariane no está comprometido -como la lanzadera espacial americana- con alguna forma pareja de ahorro ilusorio, donde elegir la cosa en apariencia barata resulta tan superlativamente caro. Sea como fuere, en empresas semejantes lo realmente económico será mantener a raya el sector de las relaciones públicas, evitando que despliegue sus alas como en un negocio de discoteca o en el circo de la política profesional. Hechos ya un empleo ubicuo del consulting, el marketing y la asesoría de imagen, parece casi imposible que esos ingredientes comerciales no se instalen también en el lanzamiento de satélites, e incluso en viajes interplanetarios.

Sin embargo, hay una diferencia nuclear entre negocios de esparcimiento humano -desde la disco a una consulta electoral- y la empresa de investigar o explotar el espacio exterior. En lo primero opera una naturaleza flexible y hasta afecta al autoengaño, como la nuestra. En lo segundo nos las habemos con una naturaleza que no se deja engañar lo más mínimo. Lejos de suavizarse con public relations, asegura inmediatas catástrofes a quien lo olvide.

 

Antonio Escohotado
Artículos publicados 2003
http://www.escohotado.org



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