CUALQUIER OMNIPOTENCIA ES ILUSORIA

Ser una más entre las especies sociales del planeta determina que vivamos siempre gracias a prójimos, conocidos o desconocidos, y modera las pretensiones de autarquía individual. No pasa lo mismo con las pretensiones de autarquía nacional, que últimamente parecían unidas a ensayos exóticos como Birmania o Cuba, aunque cobran nuevos bríos con la contestación anticosmopolita.

En efecto, algunos de sus líderes entienden que el libre comercio es una añagaza capitalista, y que revisar la política clásica de tarifas y subsidios sería colaborar con ella . Lo cierto es que el asunto tiene pocos misterios. Un arancel alto sobre mercancías importadas convendrá a quienes en cada país producen esos o parecidos artículos, y sin subvenciones específicas ciertos sectores se vendrán abajo. Beneficiando a los primeros, y evitando la ruina de los segundos, aseguramos en principio un máximo de autarquía nacional. Pero eso no acaba de permitir que sean pasados por alto los demás, tanto internos como externos. Las tarifas proteccionistas serían una receta impecable si los otros países no respondieran a ellas con nuevas tarifas proteccionistas, fomentando una guerra comercial que mina los intercambios y depaupera finalmente a todos.

En lo que respecta a subvenciones, serían una receta estupenda si subsidiar cualquier rama no supusiese detraer recursos siempre escasos de otras, reduciendo la vitalidad del conjunto y canonizando agravios comparativos. Finalmente, debaten posturas antagónicas sobre el actual momento histórico, donde la disciplina de cada mercado sustituye la planificación con estructuras en red o descentralizadas, como Internet, que desmantelan las líneas jerárquicas tradicionales. Y sugiero que el colapso de estas líneas cuestiona símbolos y costumbres basados en sobrevalorar el designio, cuyo resultado es una confianza ilimitada en la delegación. Esta idea del mundo entiende que el orden se agota en organizaciones conscientes, impuestas de arriba a abajo, siendo desorden cualquier otro proceso.

Las instituciones se suponen surgidas del entendimiento subjetivo, aunque suceda básicamente al revés, y de dicha arrogancia brotan elementalidades voluntaristas; por ejemplo, que en vez de tanto consumo y competitividad todos tengamos un patrimonio material idéntico o muy parecido, como en la relajada tribu donde Rousseau imaginó al salvaje feliz. Estúdiese quiénes verán confiscados sus bienes, y en qué proporción, dado que tan pocas personas están dispuestas -por las buenas- a dejarse confiscar, ya sea aquí o en Beluchistán.

Baste tener presente que la división del trabajo se apoya sobre nuestra diversidad, y que sin el orden impersonal descubierto en cada instante por iniciativas de la diversidad sólo hay pautas hostiles a evolución, y por eso mismo despóticas. Jerarcas providenciales reeditarán ofertas salvíficas, empobrecidas adicionalmente por su bisoñez en el gobierno. Las instituciones capitales (lenguas, culturas, ciencia, tecnología, principios del derecho, tejido comercial e industrial) se inventan solas, sin necesidad de que nadie en particular las funde, y cualquier campo del obrar humano contiene hace milenios una cantidad de información superior a la dominable por individuo alguno.

Confundiendo lo simple con lo complejo alimentamos sueños de omnipotencia. Se nos olvida que querer organizar coactivamente la vida ajena no es preferir magnanimidad a avaricia sino someterse a la férula de algún pequeño grupo, cuyos poderes sobrehumanos facultan para imperar sobre todo tipo de actividades. Lógicamente, esos sujetos sobrehumanos coinciden en lamentar toda iniciativa individual distinta de la suya, cuyo ejercicio prohibirían o prohiben por sabotaje al bien común; y coinciden no menos en ignorar la vitalidad infinita de aquello sobre lo cual pontifican con recetas pueriles.

Vestidos de futuro, representan a la sociedad de gestas bélicas y exvotos, un universo donde la división del trabajo tropieza con graves escollos a cada paso. Dicho régimen fue desplazado por sociedades mercantiles, proclives a intercambios contractuales y más especialización, cuyo hedonista desprecio por los dogmas ridiculiza a la actitud previa. En vez del sereis salvados de vuestros enemigos, lema común al Viejo Régimen y al totalitarismo moderno, sus Constituciones ofrecen algo incomparablemente más subversivo: evitarle al ciudadano ingerencias arbitrarias.

Obsérvese que las ingerencias más arbitrarias manan de postulados sobre una u otra omnipotencia, supuesto método único para ofrecer seguridad y redención a un cuerpo social. En el estadio supremo de la oferta está Dios, cuya naturaleza le permite decretar toda suerte de cosas absolutamente verdaderas, y por eso mismo eternas. Pero detengámonos un momento en este principio nuclear de cualquier monoteísmo. Si puede decidir cosas inmodificables resulta que hay un límite a su omnipotencia. Y si no puede hacerlo, resulta que también hay ese límite. Lejos de agotarse en una paradoja ingeniosa, la disyuntiva desvela hasta qué punto el Todopoderoso es un concepto sin concepto, no ya ajeno a la experiencia sensible sino al más elemental raciocinio, tan extra-lógico como una actividad desprovista de actos.

El caso es que de esa incoherente omnipotencia deriva el derecho divino de los antiguos reyes, a quienes nadie haría la misma pregunta –“¿podeis, Majestad, decretar algo inmodificable para vosotros mismos?”- sin incurrir en desacato. Y de la misma raíz proviene no ya el derecho de Mao, Mussolini o Perón a premiar y castigar, sino la creencia de que el jerarca conoce de cerca el funcionamiento y las posibilidades de una sociedad compleja, como una persona puede conocer su profesión o los alrededores de su casa. Dado lo inverosímil de semejante conocimiento, provisto de la proximidad y a la vez el largo plazo, parece innegable que parte de la humanidad se aferra a una u otra ilusión de omnipotencia. Semejante fantasía quizá viene de la infancia, mientras atravesamos el periodo de déspotas inermes característico de los niños pequeños.

A partir de entonces la alimentan sus usufructuarios reales, que son pontífices, caudillos y otros aspirantes al dominio absoluto. Y aunque la omnipotencia sea tan absurda como un círculo triangular o un color sin extensión, algunos siguen creyendo que obrar racionalmente es suplir los órdenes evolutivos o espontáneos por delegaciones de nuestra responsabilidad personal en el redentor controlismo de algún Diktator. Con todo, crece también la certeza opuesta: que para presentar alternativas sensatas al siempre imperfecto hoy es esencial dejar atrás esa amalgama de arrogancia y sumisión, pues las bondades del mando inapelable equivalen a dos más dos igual cinco, fueren cuales fueren las metas propuestas.

A diferencia de los súbditos, que coinciden en materia de fines, los ciudadanos sólo pueden coincidir en materia de medios. La resaca de pasados tiránicos lleva a ignorar tales lindes de nuestro entendimiento, explicando el escándalo que produjo La fábula de las abejas, un libro de 1714 cuyo instructivo subtítulo es “Vicios privados, beneficios públicos”. Su autor, el holandés Bernard de Mandeville, argumentaba allí que el efecto de perseguir cada cual sus propios proyectos de industria y mejora (obediente al “vicioso deseo de comprar barato y vender caro”, como había aclararado mucho antes San Agustín) redunda demostrablemente en beneficios públicos, mientras subordinar su iniciativa al altruismo decretado por algún líder mesiánico produce desastres públicos igualmente demostrables.

No fue la virtud filantrópica quien inventó leyes antimonopolio, sino una vocación libertaria orientada a promover la baratura, que en vez de idolatrar religiones, razas o aparatos políticos defiende la prosaica soberanía del consumidor. Nadie en sus cabales negará que la estructura económica vigente resulta mejorable, y que tanto regular lo desregulado como la operación inversa merecen ensayarse, y se ensayarán, en tales y cuales campos. Aquello que la experiencia ha erosionado es el dogma de una autarquía nacional, inevitablemente apoyada sobre la férula de jerarcas providentes.

Del mismo modo que somos animales sociales, aunque no deje de haber psicópatas ajenos por completo a ello, cualquier sociedad compleja está abierta, y depende vitalmente de intercambiar bienes con las demás. Lo crucial es decidir si el intercambio arroja mejores frutos con obstáculos al libre comercio y maniobras afines al fraude (tipos irreales de cambio, proteccionismo abierto y encubierto, altos déficits presupuestarios y privilegios gubernativos análogos), o si se acerca el momento de relacionarse los países como deberían relacionarse los ciudadanos dentro de cualquier democracia: tan iguales ante la ley como desiguales por vocación y circunstancia.

Hecha a vivir del préstamo, Argentina pone hoy de relieve hasta qué punto la plata puede volatilizarse sin necesidad de milagros alquímicos. Basta postergar hábitos de diligencia y responsabilidad, completando la estafa consentida o perpetrada con apelaciones periódicas a algún gobernante salvador, requerido –cómo no- de poderes omnímodos. Son al parecer esos poderes, no la virtud republicana, quienes garantizan cura.

Ya se postula para un tercer mandato presidencial el peronista Menem, quizá con Maradona como vicepresidente de honor, y el primer mandatario en funciones acaba de declarar: “Creo en la pasión revolucionaria de Evita”. El sindicalista Moyano, versión platense de Jimmy Hoffa, le ha contestado: “Señor presidente, el movimiento obrero está a su disposición”. Pero las casas firmes se construyen desde los cimientos, no a partir del tejado y con ayuda de algún omnipotente.

 

Antonio Escohotado
Artículos publicados 2003
http://www.escohotado.org



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