ADIÓS SIGLO XX

Hace cincuenta años el existencialismo parecía la única concepción del mundo no lastrada por una ideología u otra, y el existencialismo afirmaba que la esencia del vivir era un sentimiento de angustia, anticipador de la muerte, unido al compromiso con aspiraciones inevitablemente incumplidas por la realidad. Forjado en el periodo que separa las dos atroces guerras mundiales, su héroe fue el “intelectual”, una figura a medio camino entre el disminuido físicamente y el experto en resortes de la industria cultural, encarnado de modo impecable por la pareja Sartre-Beauvoir.

Al poco empezaría la guerra fría -con un mundo polarizado por el chantaje de las bombas atómicas-, que acabó al implosionar uno de los contrincantes, concretamente el que prometía revolución endosando gigantescas dosis de paternalismo autoritario. Cuando eso sucedió, casi en un abrir y cerrar de ojos, quedamos librados a un horizonte de reformas humildes, sin buenos ni malos absolutos. Es el caso, por ejemplo, del estado de bienestar –antídoto keynesiano a los afanes bolcheviques-, que resultó ser lo único medianamente revolucionario del siglo, aunque la ruina del bolchevismo haya aumentado mucho la fuerza de sus enemigos.

Hay incluso quien cree asistir al fin de la Historia, debido al agotamiento del motor que fue la utopía. Por otra parte, el siglo actual y el pasado acompañan a la invención del pueblo como sujeto político absoluto –pueblo o ciudadanía es ese yo que resulta ser un nosotros, y ese nosotros que resulta ser un yo-, invención cargada de peripecias y retrocesos. Para empezar, este yo/nosotros sólo obra por sí en contadas ocasiones –los comicios-, que coinciden con el nombramiento de representantes o mandatarios suyos. Y para que semejante decisión no fuese espontánea aparecieron métodos más o menos refinados de fraude –empezando por la intimidación y la compra de votos, hasta llegar a leyes electorales amañadas-, puestos en práctica por personas y grupos privilegiados, a quienes lógicamente perjudica un principio de sufragio universal.

Así llegamos al momento presente, donde cualquiera puede presentarse en nombre del pueblo, si bien sólo un par de sujetos (previamente hipotecados, desde luego) tienen probabilidades reales de ser elegidos; eso explica que muchos no voten, y que entre los votantes predomine el voto útil o el de castigo. Al mismo tiempo, el progreso en los medios de comunicación socava aquella distancia entre mandante y mandatario que justificó la democracia representativa, indirecta. Por primera vez, ahora es evidente que o va fortaleciéndose una ciudadanía activa -un pueblo autogobernado-, o prosperará su secuestro a manos de un estamento nuevo, que vive de pretender servirle como los gobernantes previos vivían de pretender servir a Dios y al Estado .

Bien cabe que sigamos así, administrados por ávidos profesionales del control, pues una amalgama de egoísmo, idiocia y miedo mantiene tan cohesionado al estamento controlista como inconexo al resto de la ciudadanía. Sin embargo, lo nuevo –que se cuela por todas partes, desde los efectos especiales utilizados en las películas al nuevo paradigma científico (complejidad versus dinámica idealizada)- es que ya no son sostenibles los principios tradicionales del control. En vez de un universo estable, presidido por procesos reversibles y lineales, sabemos que turbulencia y disipación son los verdaderos factores estructurantes de una realidad sin retorno, cuyos actores no son sólidos regulares sino fluidos organizados a partir de dinámicas caóticas, donde cada cosa va inventándose a sí misma una y otra vez.

La forma más sencilla de expresar ese cambio de perspectiva la encontramos en Prigogine, cuando constata que todo sistema inestable –y lo físico en general es inestable- tiende a la auto-organización. Además de ser espontánea, la auto-organización es económica, y así vemos que en química, en biología y en informática se obtienen resultados tanto más satisfactorios cuanto menos hetero-dirigido sea el proceso. No deja de ser irónico que algo idóneo para producir plásticos, enzimas o software siga sin aplicarse al sistema político humano, expresamente fundado sobre la libertad como fundamento último.

Tras creer a pies juntillas en derechas e izquierdas, el siglo se despide desengañado de la alternativa, con evidentes dificultades para identificar bienes comunes y perseguirlos. No es ajeno a ello que el tortuoso nacimiento de una ciudadanía activa requiera un despliegue del individualismo, hasta ahora identificado (abusivamente) con egoísmo. El respeto hacia lo particular y lo general sólo llega cuando el individuo profundiza en sí, madura, y todo pende de que eso acontezca más y más. Quizá entonces, instruido por tantas revoluciones y contrarrevoluciones lamentables, el siglo XXI pueda alumbrar reformas realistas, con el mínimo lastre de ideología salvífica, una empresa aplazada que –como mínimo- compromete a arraigar la libertad y la prosperidad.

En otras palabras, puede que eso de la ciudadanía activa o pueblo sea una pesadilla, según pensaba Hobbes, o -como matizó mucho más tarde un personaje de Sartre- que “el infierno son los otros”. Ciertamente, si fuésemos ángeles ya estaríamos en el cielo. Pero ningún pesimismo abolirá la parte del nosotros en cada uno. Y el siglo que se despide le hizo un gran monumento, considerando que el permanente bien de todos era nombrar a ese nosotros fuente única del gobierno.

 

Antonio Escohotado
Artículos publicados 2003
http://www.escohotado.org



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