Veinte años despues1

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A finales de los 80 una visita a la República Dominicana me familiarizó con la situación peculiar de países que ni son desarrollados ni destacan por subdesarrollo2. Entonces me sorprendió leer unas declaraciones del arzobispo de Santo Domingo lamentando «una clemencia excesiva» en asuntos de drogas, pues adjunta a ellas figuraba la noticia de que cierto individuo había sido condenado a veinte años por tener gramo y medio de cocaína. En diciembre de 2007, cuando volví al país, pude comprobar que la tónica no se había endurecido, aunque la arbitrariedad sigue campando por sus respetos. Una turista española distraída se dejó en el bolso la cantidad de marihuana que cabe en una caja de cerillas de fumador (no las de cocina o chimenea), y está pendiente de cumplir una sentencia a cinco años «por intentar salir del país con estupefacientes »3. No obstante, en la República Dominicana dicha droga resulta casi exótica y lo habitual sigue siendo cocaína, que según el dicho popular «apura hasta el párroco».

Más ilustrativo fue un año sabático en el sudeste asiático, donde los países castigan el tráfico de drogas ilícitas con pena capital (salvo Singapur, que aplica prisión perpetua), y el derecho vigente supone ánimo de traficar cuando la posesión supere diez gramos de algún polvo o cien gramos de marihuana. Como he descrito ya las experiencias de ese año4, me limito aquí a unas pinceladas. El pueblo bajo de toda la zona consume masivamente —casi siempre para trabajar— la llamada iabba o ice, que es dexanfetamina, y tanto la famosa heroína blanca como la muy abundante marihuana son productos destinados normalmente a estratos sociales superiores, turistas y exportación. El opio, su fármaco tradicional, se ha convertido en una rareza. Tailandia, el país menos subdesarrollado del área, retransmite en directo las ejecuciones de traficantes y correos, a menudo birmanos y laosianos, aunque también nacionales; en 2000 hubo algo más de 2.000 ahorcados.

Esa guerra sin cuartel inspira un lógico terror al visitante, aunque lo prohibido es en realidad tan ubicuo que antes de pasar el primer día recibirá varias ofertas, y si no corta relaciones con el entorno en una semana de estancia habrá hecho contactos fiables para lo que guste. Por supuesto, nada descarta un enemigo personal o mala suerte, que cuestan prácticamente la vida, pero en un año de tratar a occidentales y autóctonos nadie me habló de algún conocido capturado comprando. En la antigua Indochina el rigor absoluto en materia de drogas coincide, como en países parejamente inflexibles de África e Hispanoamérica, con policías que cobran un sueldo simbólico complementado por gratificaciones irregulares en dinero o especie, cuyos registros suelen ser evitables sobornando.

Lo más imprevisto con mucho fue descubrir que tanto Tailandia como Vietnam eran sedes de periódicas y multitudinarias raves, un fenómeno posterior a la publicación de este libro y por eso mismo omitido. Las raves, cuya invención se disputan Londres e Ibiza, son reuniones al aire libre de personas que comparten MDMA o éxtasis en parajes idílicos, acompañadas por música ad hoc, desde primeras horas de la noche hasta primeras de la mañana. A mediados de los años 90 dichas fiestas estivales empezaron a cundir en Canadá, Brasil y Europa, desde donde saltaron a Australia, Bali y Goa. En agosto de 2000, cuando fijé mi domicilio en Koh Samui —una isla tailandesa situada sobre el golfo de Siam— la isla contigua, Koh Phangan, celebraba todos los meses el plenilunio con millares de personas venidas de Occidente, Hong Kong, Singapur y Japón, a las cuales se añadían nativos (básicamente nativas jóvenes). En agosto de 2001 las existencias de MDMA eran suficientes para que esa rave ocurriese también con el pretexto de luna nueva, creciente y menguante. El Bangkok Times había sugerido tiempo atrás que ese regalo turístico se apoyaba sobre traficantes de éxtasis pagados con heroína.

Los hitos del camino. En un mundo globalizado las modas llegan tan rápidamente como se van, y la situación farmacológica del sudeste asiático bien podría haber sufrido modificaciones notables entre 2000 y 2008. Absorto hace tiempo en las relaciones de política y religión, al volver por un momento sobre el tema de las drogas —en realidad, una subvariante suya— veo hasta qué punto escribir nos permite olvidar un objeto sin perderlo. Cuando la atención vuelve sobre él sigue allí, pero se ha convertido en recuerdo de un recuerdo y lo prolijo de su pormenor no abruma. ¿Qué subrayaría de aquella investigación y qué dejé en el tintero, condicionado por la inmediatez del entonces o los cambios surgidos con el paso del tiempo? Para empezar, la distancia me permite resumir drásticamente el desarrollo de la cruzada farmacológica.

Dicha iniciativa brota en una Norteamérica consciente de su futuro como superpotencia y aleccionada por la doctrina del Destino Manifiesto, que contempla una regeneración moral del propio país y el resto del mundo. Atendiendo a ese Destino, y mientras Europa se lanza a la Gran Guerra, en 1914, el Congreso aprueba un paquete legislativo que incluye: a) restringir la disposición de opio, morfina y cocaína a médicos y farmacéuticos; b) ilegalizar la producción y consumo de cualquier bebida alcohólica (salvo el vino de la misa); c) generalizar a toda la Unión lo impuesto ya en materia de tabaco por 28 Estados, que era prohibir su empleo en cualquier lugar público. Instada por el Prohibition Party, entonces poderoso en el Senado, la reforma contó con el apoyo de dos entidades germinales —la Asociación Médica Americana y a la Asociación Farmacéutica Americana—, incentivadas por el privilegio de seguir recetando y dispensando pequeñas cantidades de coñac o whisky con fines terapéuticos, y sobre todo por asestar un golpe definitivo a toda suerte de competidores sin diploma (los «matasanos»). El diputado H. C. Hoover —que luego llegaría a presidente del país— definió la nueva normativa como «el mayor experimento moral de la Historia».

Los productos controlados o prohibidos representaban una destacada fuente de ingresos fiscales, y considerando que la recaudación iba a contraerse al menos en una cuarta parte, el Congreso aprobó la Enmienda XVI, modificando la Constitución para que el gobierno federal pudiese gravar la renta de personas físicas y jurídicas. La Prohibición es, pues, el origen del IRPF norteamericano. Luego resultaría que la Ley Seca iba a derogarse en 1933, y que el tabaco pudo con sus detractores hasta topar de nuevo con ellos hacia finales del siglo recién terminado. Pero los tres productos de botica controlados se transformarían en docenas, después en centenas y por último en indefinidas sustancias con influjo sobre el ánimo, algunas controladas con receta y otras desterradas del vademécum. Ajeno al fondo del cambio, el gremio terapéutico siguió consumiendo y dispensando liberalmente morfina y cocaína hasta que en las consultas y farmacias aparecieron policías fingiendo ser adictos, o simples usuarios, y ya en 1921 unos 70.000 médicos, dentistas y farmacéuticos americanos habían estado o estaban en prisión por «conducta indebida». Será ese año cuando el Journal de la Asociación Médica Americana denuncie «una conspiración para privar a la medicina de sus derechos y responsabilidades tradicionales».

Con las nuevas medidas Norteamérica se vio llevada a un cuadro complejo de consecuencias —contrabando, corrupción institucional, crimen organizado, desprecio por la ley, los primeros yonkis propiamente dichos—, pero es oportuno recordar que no arrastró al resto del mundo. Había una diferencia de espíritu, que se sopesa recordando la alocución del senador J. Volstead (Volstead Act se llama la Ley Seca) al entrar en vigor su proyecto: «Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños; se cerraron para siempre las puertas del infierno». Europa y los demás continentes practicaban una política mucho menos ambiciosa, que andando el tiempo se conocerá como reducción de riesgos. Entre suponer que ciertas drogas estaban limitadas a usos médico-científicos y negar dichos usos, como proponían los cruzados norteamericanos, el estamento terapéutico del resto del mundo preferían lo primero.

Por otra parte, los progresos en química de síntesis iban convirtiendo en antigualla el viejo arsenal para inducir ebriedades, y era sencillo sortear las restricciones impuestas al opio, la morfina y la cocaína consumiendo otras sustancias. Como en Norteamérica la morfina acabó siendo devuelta sin demasiadas cortapisas al estamento médico, hasta allí se observa apaciguamiento cuando vender bebidas alcohólicas dejó de estar perseguido. Había una pléyade de analgésicos, sedantes, estimulantes y somníferos nuevos, que se vendían puros, baratos y sin receta en las farmacias, y muy pocos añoran la cocaína cuando tienen en la botica estimulantes más potentes, baratos y puros. Lo mismo puede decirse del opio y la morfina cuando están disponibles la heroína y algo después la Dolantina o el Palfium, a los cuales se añaden pronto las benzodiacepinas como tranquilizantes y somníferos.

Algunos recordarán el Optalidón, un remedio acogido con especial favor por amas de casa en todo el mundo desde los años 50, cuyo secreto era combinar anfetamina y barbitúrico. En Europa las laxas medidas de control se apoyaban sobre resultados no insatisfactorios en la práctica, y las farmacias podían incluso dispensar drogas visionarias como la mescalina. Eso sí, eran personas mayores e integradas quienes se servían de dichos productos, y no obraban de manera escandalosa. Pero cuando termina la segunda guerra mundial una Norteamérica que es ya la superpotencia indiscutible vibra otra vez con el sentimiento del Destino Manifiesto, cuyos paladines denuncian a fabricantes y farmacias por fundir subrepticiamente los vicios del cabaret con los del fumadero de opio. Mano izquierda y laxitud son sus enemigos, y la recién creada ONU recibe generosas subvenciones para crear una red de organismos internacionales comprometida con el prohibicionismo, que antes de terminar los años 50 lanza su primer plan quinquenal para «un mundo libre de drogas».

El alma del proyecto es el delegado norteamericano Anslinger, un antiguo agente de la Ley Seca que se emplea a fondo como organizador e ideólogo durante décadas. De su iniciativa parte también el Boletín Internacional de Estupefacientes, una publicación mensual que iba a exponer sus propias ideas sobre drogas peligrosas y minorías mal vistas. Allí podemos leer, por ejemplo, cómo el opio se ligó con explotación infantil por parte de chinos en San Francisco y Nueva York; la cocaína, con violaciones perpetradas por negros en el Sur; los licores, con inmoralidades de judíos e irlandeses; la marihuana, con accesos de demencia maníaca en inmigrantes mexicanos, o con malayos en trance amok.

El precario equilibrio entre lo acostumbrado y un planeta sin drogas colapsa a finales de los años 60, un periodo de apoteosis insurreccional que reclama drogas y sexo con ingenuidad suficiente para acogerse a lemas como «prohibido prohibir». Al amparo de su victoria en materia de estética y gustos, Mayo del 68, Woodstock y sus análogos marcan también una explosión en el uso lúdico de drogas. Entre las desvergüenzas destaca una cofradía de la aguja, fundada por William Burroughs al amparo de las sórdidas condiciones norteamericanas, o las payasadas de Timothy Leary cuando atribuye a la LSD capacidad para evocar cien orgasmos y dirigir mejor la economía nacional. Más estupor aún provoca una peregrinación al campo de bastantes jóvenes, interpretada por algunos como tránsito del Sistema a la Naturaleza. La vertiente francesa de la contestación, que venera al Che y a Mao, no tarda en decantarse por heroína y terrorismo. La anglosajona, que en política sólo exige paz, rompe con el menú ofrecido por tabernas y farmacias en nombre de un comer a la carta donde marihuana y otras drogas visionarias son los platos preferidos.

Con el horror de Vietnam como telón de fondo, la respuesta institucional es una guerra sin cuartel que declara el presidente Nixon a viejas y nuevas drogas. Insuficiente hasta entonces para conseguir que Oriente y Occidente asumiesen el compromiso de una cruzada propiamente dicha, el patrocinio norteamericano a la red de organismos prohibicionistas en la ONU rinde sus frutos cuando éstos propongan un texto acorde con tales exigencias, que será la Con vención sobre Sustancias Psicotrópicas de 1971. Una legislación internacional limitada antes a narcotics o drogas adictivas amplía su campo a cualquier tipo de sustancia con eficacia psicotrópica (un neologismo creado por la Convención), entendiendo que «todos los Estados deben velar por el estado de ánimo de sus ciudadanos». Sólo la legislación norteamericana castigaba hasta entonces el consumo y la mera posesión de drogas controladas o prohibidas, pero ahora es la ONU quien lo preconiza. Más aún, insta a todos los países a que creen brigadas específicas de estupefacientes, endureciendo las penas previstas por tráfico y consumo. Cuando tal legislación no existiera —como era el caso de India, Persia o Afganistán—, les urge a crearla.

Enemigo número uno de su nación, Nixon declara que la desobediencia farmacológica es una peste comparable a la Muerte Negra del medievo. El mundo sigue por entonces sumido en la Guerra Fría, desgarrado entre amigos y enemigos del comercio, aunque comunistas, capitalistas y subdesarrollados están por una vez de acuerdo, y el elenco de Estados que castigaban a este desobediente con pena de muerte pasa de casi ninguno a casi cuarenta. El resto de los países, un conglomerado donde España destaca por la negativa de su judicatura a criminalizar el mero consumo, se suma sin vacilaciones a lo único eficaz de la Convención. A saber: que los laboratorios y farmacias recortarán su oferta de modo sustancial, otorgando al mercado negro condiciones de monopolio.

La nueva ley mundial cambia el orden vigente en cada país por una organización que descarta improvisaciones y particularidades, sin dejar de inaugurar un nuevo orden espontáneo donde aumenta la distancia entre intención y resultado. Por ejemplo, ahora empieza a suceder que son ante todo los jóvenes quienes consumen drogas, y que cofrades de la aguja se prostituyen para conseguir su dosis, o roban y atracan, como infundada aunque precozmente temieron los reformadores norteamericanos en 1914. Algo que sólo resultaba problemático en marginales indigentes se ha generalizado a todos los niveles de renta. Heroína y cocaína recuperan la demanda al mismo ritmo en que disminuyen sus análogos de farmacia, y el cáñamo o la recién ilegalizada LSD son los favoritos del contestatario, que denuncia la cruzada como iniciativa pseudocientífica, cuyo remedio sólo puede agravar la enfermedad.

Autoorganización en fase de desequilibrio. Siguen unos treinta años de guerra sin cuartel, durante los cuales las directrices norteamericanas ante antiguas y nuevas drogas van siendo imitadas por la comunidad internacional con la excepción de Holanda y Suiza, pues —sin perjuicio de suscribir como Estados las convenciones internacionales— todos o algunos de sus municipios se inclinan por la reducción de riesgos (harm reduction) como política. El radicalismo de los 60 no sobrevive más allá de una generación, y buena parte de quienes gritaron «prohibido prohibir» mueren por sobredosis voluntarias o, más a menudo, envenenados por adulterantes. Pero entretanto se han incorporado a la desobediencia innumerables personas de todos los continentes, y la implicación en drogas pasa a ser la causa principal de arrestos y condenas a lo largo del planeta, acompañada por un auge paralelo en delitos contra la propiedad y las personas, que perpetran adictos o gentes acogidas a esa coartada.

Norteamérica, único país con experiencia en este nuevo tipo de criminales, alcanza pronto el millón de reclusos. Los demás Estados hacen frente al crecimiento exponencial de represores y reprimidos con distintas respuestas, entre ellas la corrupción. A finales de los 80 la ONU declara a través de su Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) que Colombia, Birmania, Afganistán, Marruecos y una veintena más de países producen o distribuyen en masa drogas ilícitas, alimentando un negocio calculado a la gruesa en medio billón de dólares anuales, y que la banca de todo el mundo está comprometida con el lavado de ese dinero. La JIFE omite aclarar que el denominador común de los países corruptos es cumplir estrictamente las directrices emanadas de ella misma, castigando el tráfico con pena de muerte o reclusión perpetua. En la práctica, el rigor penal sanciona monopolios repartidos entre militares y policías.

Para entonces una Narcotics Division fundada con trece inspectores se ha convertido en Drug Enforcement Agency o DEA, único organismo civil norteamericano con más empleados que la CIA, cuyo director modifica la política previa de erradicar la oferta por una guerra defensiva o de atrición: la meta será conseguir que las drogas se hagan insufriblemente caras y adulteradas. Uno a uno los traficantes aspiran a maximizar beneficios así, pero no tener competidor ha hecho que el mercado negro acabe siendo competitivo, y esos productos revelan ser los más inmunes a la inflación. Paralelamente, vigilar, castigar y promover abstinencia engendra un flujo de pagos que no tarda en ser comparable al flujo de ingresos derivado del tráfico ilícito, empleando a millones de personas por toda la superficie del orbe, mientras el traficante de lo prohibido aprovecha una demanda creciente para introducir la racionalización conocida como «diseño».

Un momento memorable de este proceso ocurre en la primavera de 1985, cuando el Comité de Expertos de la ONU se reúne para decidir qué hacer con la recién surgida MDMA o éxtasis. El orden del día incluye testimonios de psiquiatras y farmacólogos favorables a que la sustancia entre en la Lista II o en la IV —junto a productos como la codeína o el Valium—, sin que durante el periodo de sesiones se presente un solo informe técnico en contrario. Parece inminente que la sustancia entrará en un régimen de fabricación legal y dispensación más o menos controlada, pero los Expertos deciden que ingrese en la Lista I (drogas carentes de uso médico alguno, como heroína, LSD, cáñamo, etc.), y zanjan el dosier de estudios sobre su utilidad terapéutica diciendo que «el Comité insta a las naciones […] a facilitar la investigación de esta interesante y sugestiva (intriguing) sustancia».

No hay investigación posible con drogas de la Lista I, desde luego, y el desconcierto de los profesionales convocados a esa XXII Reunión lo zanjó un observador tan influyente como el jefe de la DEA en ese momento, F. Sapienza, que explicó a la prensa: «No se prohíbe una droga porque sea nociva, sino porque muchos parecen estar deseando tomarla»5. En efecto, muchos deseaban probarla, y la probarían, pero no iba a ser en las consultas de psicólogos y ase sores familiares previstas por algunos de los participantes en la XXII Reunión. El tráfico ilícito añadió a su elenco la droga con más éxito de las últimas décadas, consumida desde entonces por jóvenes y menos jóvenes lo mismo en una playa balinesa, tailandesa o vietnamita que en discotecas y hogares de climas templados y fríos. Cara y pura al principio, barata y adulterada después, era la alternativa más contundente al modelo de esparcimiento representado por la combinación de cocaína y alcohol, e ilegalizarla no iba a cambiarlo.

Cuando el éxtasis empiece a hacer furor en círculos juveniles la prohibición se descubre combatiendo en realidad a la inventiva química, un adversario estimulado por el beneficio y la rebeldía. El mercado negro se adapta a ese cambio, y desde entonces ofrece mercancías capaces de insertarse en los huecos precisos de la vida contemporánea, con alternativas a los productos tradicionales que atienden simultáneamente su interés y el del consumidor. Llega la hora del diseño, que incluye entre sus hallazgos el haschisch marroquí, el crack, la pasta base, la amplia gama de «pastillas», la ketamina, los fentanilos de mercado negro, el llamado éxtasis líquido o el cáñamo hidropónico. Estoy seguro, por lo demás, de que se me escapan los últimos descubrimientos de la imaginación ilegal. Estas sustancias tienen en común no ser los originales, cuya ausencia se siente con mayor o menor nostalgia, pero se adaptan mejor a grupos, subgrupos, franjas horarias y hasta espacios momentáneos.

Los improvisados cocineros, en algunos casos grandes químicos como Alexander Shulgin, ofrecen sus hallazgos e igual aparece el sedante llamado porro de marroquí que miles de fenetilaminas y triptaminas, parientes más o menos lejanos de la MDMA. El trabajo supertécnico de proyectar una nueva droga va de la mano con adaptaciones prosaicas de las existentes y nuevos usos, como servirse de un anestésico disociativo para terminar el after-hours o multiplicar el THC del cáñamo mediante una agronomía avanzada. Hay bastantes personas a quienes el THC sume en «mal rollo», y a su demanda atiende quien lo transforma en cannabinol (CB) —sencillamente secando la marihuana al sol—, pues ofrece un haschisch que no «coloca» como sus variantes clásicas pero cumple las mismas funciones coreográficas y tiene cierta psicoactividad.

La era de diseño-sucedáneo trae una normalización y estandarización en lo prohibido, que insensiblemente va incorporándose a ritos juveniles de pasaje y alimenta el cada vez más democrático Fin de Semana. Inconcebible una generación antes, la costumbre de festejar a fondo todos los viernes y sábados sería el colmo de la frivolidad si no hubiese llegado a ser también un foco destacado de actividad económica, y la concreta avenida de socialización abierta por el desahogo. Las sociedades contemporáneas están en los antípodas del ascetismo, y que el festejo sea siempre ceremonia atrae como un imán a cualquier droga que compre intensidad o resistencia. Los poderes desinhibidores del alcohol le han conferido tradicionalmente un papel capital en las celebraciones, pero como éstas se han multiplicado, prolongado y diversificado, lo indeseable de sus efectos secundarios trae a colación una gama cada vez más amplia de complementos y alternativas.

La cocaína, por ejemplo, permite enmascarar la estupefacción etílica con cierta coordinación muscular, y un notable sector de la disco se decanta por esa mezcla. Otro sector de los festivos toma sólo pastillas y agua. Un tercero practica quizá una variante más heroica, con drogas visionarias. Un cuarto empieza por pastillas, y si no encuentra ketamina o algo análogo para recortar su festejo termina recurriendo a alcohol y cocaína. Un quinto bebe poco, fuma algo de cáñamo y quizá se administre un opiáceo. Un sexto… Esas docenas de millones de personas no son gánsteres o queridas suyas, sino más bien muchedumbres afectas a una especie de baile de san Vito, y contemplando esa espiral de consumo buena parte de la policía y la judicatura dejan de apoyar el prohibicionismo desde finales de los años 80.

Por entonces una sostenida moda de debates televisivos sobre drogas acaba mostrando que la postura reformista podría derrotar a la continuista —incluso por amplio margen— si se convocaran referendos locales y nacionales. Por otra parte, las encuestas del momento coinciden en que las drogas son la primera causa de alarma pública, y ningún Gobierno arriesga el desgaste de intervenir en algo donde intereses, delirios persecutorios y entusiasmos maníacos han llegado a formar una madeja inextricable. La moda de discutir sobre drogas dio paso a debates televisivos sobre cualquier otro tema —con el mismo esquema de un público que aplaude o abuchea a contertulios demasiado numerosos para examinar asunto alguno—, pero aproximadamente cuando esos programas se eclipsaron desapareció también la posibilidad de afirmar sin mucha hipocresía que en España y gran parte de Europa el aparato institucional seguía en pie de guerra farmacológica.

Más bien al contrario, cuando la cantidad y variedad de productos demandaba el recrudecimiento de las hostilidades, el aparato represor empezó a ceder fondos para campañas doctrinales, subvención de estudios sobre nocividad de tal o cual sustancia ilícita, burocracia terapéutica y secciones de rehabilitación. Los adolescentes serían acosados con multas y requisas por las policías municipales, pero los detectives y juzgadores estaban dejando de sentir el odio/lástima de otros tiempos hacia usuarios ocasionales y adictos, cosa equivalente a ir percibiendo la cruzada como un gasto a fin de cuentas inútil.

Así, sin que nadie en particular lo propusiera, la cruzada se contrajo cuando le tocaba multiplicarse, y desoyendo las recomendaciones de la ONU empezó a conformarse con guardar las formas. Tampoco tenía otro modo de reaccionar ante algo tan absurdo desde sus presupuestos como que los puntos de venta se multiplicasen sin elevar la proporción de sobredosis, uno entre otros indicios de que el adepto a paraísos artificiales desarrollaba mecanismos autónomos de aprendizaje e iba haciéndose cada vez menos conflictivo. Siendo imposible frenar la espiral de usuarios y abastecedores, encarcelar a una fracción resultaba discriminatorio y la judicatura insistió en que se persiguiese sólo el gran tráfico; pero eso dejaba intacta cada trama local y olvidaba que el gran tráfico sólo existe con apoyos y cebos policiales, y que ninguna captura se consigue sin perdonar otras. En definitiva, el llamado imperio subterráneo seguiría creciendo y campando por sus respetos, demostrando una vez más que la vitalidad de órdenes inconscientes o autoproducidos desborda siempre los recursos arbitrados por cualquier designio de una voluntad particular.

A esta causa general se añaden variables tan diversas como la capacidad para «cocinar» y cultivar en cualquier domicilio, el salto en capacidad adquisitiva de jóvenes y adultos, un colapso del estigma social que acompañaba a los productos ilícitos y la sensación de impotencia que cunde en los encargados de conseguir un mundo sin drogas. A mediados de los años 90 en España y en toda la UE —salvo Irlanda— las drogas ilícitas son más baratas y hasta en algunos casos más puras que hace dos décadas. Unas porque pueden cultivarse en casa (como marihuana, hongos psilocibios y toda suerte de plantas), otras porque no es tan difícil sintetizarlas con algún equipo (como el éxtasis y sus centenares de primos, la LSD o el speed), y otras porque la demanda basta para sufragar sofisticadas exportaciones desde América o Asia (como heroína y cocaína).

Paralelo a estos cambios es que la desobediencia civil del usuario y el adicto envereden por caminos de ilustración farmacológica, con la «psiconáutica» (Jünger) como respuesta a la destructividad y marginación que alcanzaron su auge en los 70 y 80. Revistas con un público comparable al de sus equivalentes sobre moto, pesca o cotilleo político, libros, congresos, asociaciones y tiendas especializadas corresponden a la emergencia de un consumidor que adopta actitudes observantes, como la del entomólogo o el astrónomo, más próximo al catador de vinos que al borracho. Aunque los psiconautas no estén para nada a cubierto de insensateces subjetivas, un horizonte que se limitaba a cruzados y rebeldes parejamente ingenuos acoge también algo más próximo al principio grecorromano de la sobria ebrietas.

Incluso el monstruo creado por el doctor Frankenstein farmacológico, el yonki, ha asumido hace más de una década el cambio, abandonando espontáneamente su «pico» para recurrir a modos alternativos y menos peligrosos de administración. Han desaparecido los adictos que atracaban farmacias o a simples transeúntes con una aguja supuestamente seropositiva, y aunque haya muchos más usuarios de productos ilegales, la sobredosis se ha ido haciendo infrecuente hasta dejar de figurar en las estadísticas ofrecidas por el Plan Nacional. Si lo miramos algo más de cerca, el apaciguamiento de los más problemáticos depende en buena medida de poblados que en España gestionan familias gitanas y han surgido en las afueras de cada urbe.

Visitar uno —como el madrileño de Barranquillas, recién desplazado a la Cañada Real— nos ilustra sobre algo sostenido a partes iguales por mano izquierda y harm reduction, pues tras la desolación de topar con un público básicamente desdentado y harapiento, observaremos también un movimiento de compradores indiscernibles del ciudadano normal. Varios coches de policía vigilan entradas y salidas, una unidad municipal de venopunción regala jeringas y agujas, y un autobús dispensador de metadona se apiada de quien no tenga efectivo. Día y noche, en cada caseta el tablero que hace las veces de mesa contiene tres bolsas de plástico y otras tantas balanzas para dispensar heroína, cocaína y crack. El vendedor o vendedora, que exige silencio en el interior, sólo quiere escuchar del cliente cuánto quiere de qué, y al visitar más de una caseta percibimos que los subhumanos ubicuos por los alrededores tampoco son los adquirentes mayoritarios. La clientela de aspecto normal viene atraída por el hecho de que la rivalidad entre familias suele asegurar el producto más barato y menos adulterado de cada ciudad.

El mañana actual. Aturdidos por el hedor de un descampado sin inodoros, respiramos con profundo alivio al dejar atrás esa penúltima metamorfosis del drama, un supermercado que evoca lazaretos medievales sin perjuicio de cumplir funciones complejas. Los usuarios controlados acceden a drogas en otro caso más castigadas por el monopolio, y los incontrolados disponen de un área donde pasar buena parte del día entre iguales, e incluso alquilan tiendas de campaña para acampar una temporada. Ofende a los sentidos, pero cada ayuntamiento sabe hasta qué punto cada centro podría ir desplazándose sin desaparecer, y que su existencia recorta de modo sensible la criminalidad colateral y la venta callejera. Dentro de lo bochornoso, es lo que hay mientras farmacias y otros dispensarios legales no dispongan de oferta alternativa.

En 2007 la Junta de Andalucía hizo públicos los resultados de observar varios años a dos grupos de control, uno mantenido con metadona y otro con heroína farmacéutica. El ensayo demostró que quienes reciben la droga considerada infernal están más sanos y dis puestos a trabajar que quienes reciben su supuesto antídoto, un resultado nada imprevisible. En efecto, la metadona es un compuesto más tóxico aún y sin virtudes eufóricas, solamente muy adictivo. Quien pretenda usarla de modo crónico debe añadirle Valium, alcohol, coca, litros de café y por supuesto heroína, mientras el heroinómano tiene bastante con su droga. Es, pues, más compasivo para con estos adictos y apoya más su reinserción social administrarles heroína que metadona. Por ahora, sin embargo, los acogidos al programa sólo reciben la droga intravenosamente —algo anacrónico para la mayoría de los yonkis—, porque esnifar el producto o aspirar el humo producido al calentarlo no son vías de acceso admitidas por los protocolos médicos.

Aun tropezando con resistencias desde el principio, la cruzada ha cumplido buena parte de lo que pretendía en su país originario y en el resto del mundo, demostrando sobradamente su energía. Como la causa del Che Guevara, llamada a seguirse «hasta la victoria, siempre », no es una escuela ética, médica o jurídica, sino una amalgama de religión y política inasequible a la duda y el desaliento. Sir ir más lejos, ha mantenido inalterado su criterio ante situaciones tan distintas como la inicial —un planeta regido por reglas laxas y particulares— y la actual, donde reina una regla única muy estricta y el imperio subterráneo crece a sus anchas. En alarmas como éstas el peligro proyectado sobre otros mide también el temor de cada cual a sí mismo, pues ¿qué sentido tiene ponerse fríamente a reflexionar sobre consecuencias a medio y largo plazo de tal o cual actitud cuando el paraíso artificial tienta hasta los líderes, a cualquiera?

Como en otras empresas coactivas sublimes, la voluntad gobierna el intelecto presentando los reveses como acicates y las objeciones como deserciones. Está preparada tanto para clamar sola en un desierto como para dirigir con mano firme la conducta de todos, y la única forma que tiene el tiempo de influir sobre su decisión es ir desplazando gradualmente el escándalo/angustia hacia otros núcleos de alarma. Los argumentos convencen a quien puede pensar sin miedo, no al que percibe en «la» droga una epidemia, y el estado de cuarentena sólo va remitiendo a medida que el objeto supuestamente extraño va infiltrándose por contacto. En las reuniones a puerta cerrada del Comité de Expertos puede estar sobre la mesa un informe sobre la incómoda situación de una medicina arrastrada a combatir a la imaginación química, mientras legiones de rebeldes se burlan de todas sus recomendaciones. Pero ha sido un fenómeno de familiarización o convivencia el factor decisivo, a mi juicio, para que la guerra sin cuartel desembocase en silencioso armisticio.

De hecho, el tabaco —que durante los últimos siglos fue la única droga adictiva no perturbada— ha pasado a aprovechar los derechos adquiridos por otras drogas, inaugurando un tipo de cruzada light que tantea la tolerancia de una minoría tan amplia ante la inmiscusión estatal. Es una manera de insinuar hasta qué punto la democracia liberal puede acoplarse con las bases del Estado Clínico (Szasz), y sólo el tiempo dirá si fabricantes y usuarios seguirán tolerando que sus pertenencias carguen con lemas e imágenes grabados sin su consentimiento ni indemnización, o una discriminación que confiere al tercio de los adultos la undécima parte —o sencillamente nada— en espacios públicos. Si la restricción creciente al fumador no topase con resistencia civil, el «por su bien» podría extenderse nuevamente a la caza de polvos, pastillas y otros productos no odoríferos, y quizá devolver una adhesión más amplia al resto de la cruzada.

Cuando empecé a tomar notas y acumular bibliografía sobre historia de las drogas estaba en mitad de la cuarentena. Ahora me acerco a los setenta, y quizá el lector se preguntará si el paso del tiempo me ayudó a cambiar de criterio en esto o lo otro. Desde luego, si volviese a escribirlo le quitaría una indignación mejor o peor contenida, que añadiendo obviedades lastra el rigor expositivo. No he cambiado de idea, por lo demás, sobre las cruzadas en general y ésta en particular: siguen pareciéndome explosiones de paranoia colectiva, tanto más crueles cuanto que siempre cumplen lo mismo —imponer la estrategia de chivos expiatorios— al amparo de diversos pretextos. El sustrato reptiliano de nuestro cerebro le sirve de apoyo, apartando más o menos duraderamente nuestra apuesta por una libertad responsable como presupuesto de cualquier vida civilizada.

Eso no quiere decir, por supuesto, que nuestra relación con el arsenal de sustancias psicoactivas pueda superar en beneficios a los per juicios sin poner nosotros al menos tanta cautela, amor propio, arte y respeto por los demás como demandan otras esferas de la conducta, ni que el futuro sea fundamentalmente halagüeño y excuse nuestra atención. Ser padre de siete hijos, de los cuales seis están entre los 15 y los 40 años, y sentirme orgulloso de todos ellos, no evita que la campanilla del teléfono estremezca si suena de madrugada en fin de semana, cuando se concentran los percances de carretera. Con una capacidad adquisitiva que nunca tuvo, la juventud prolonga algo análogo al jolgorioso entierro de la Ley Seca, como si una especie de mutación permitiese ingerir cantidades y variedades de drogas capaces de incapacitar temporal o permanentemente a buena parte de mi generación. La familiaridad lleva consigo eso, pero la vida ha ido haciéndose cada vez más laboriosa, y ensanchar el margen de seguridad —la proporción entre dosis activa y letal— no ha movido un milímetro el margen de aceptación social, más implacable que nunca a la hora de castigar a quien pierde el tiempo o cree poder intoxicarse sin pagar la correspondiente factura.

Dentro del gregarismo generalizado, Holanda destaca como un oasis de cordura. Al separar el cáñamo de otras drogas evitó en los 70 enajenar la confianza de sus jóvenes, como hacen los Gobiernos cuando lanzan al mismo saco infernal cualquier droga distinta del alcohol, el tabaco y los productos de farmacia. Más adelante montó laboratorios móviles para detectar adulteración en drogas distribuidas por discotecas, after-hours y raves, prosiguiendo su política de mitigar riesgos con realismo. Sus ayuntamientos fueron también pioneros, como algunos suizos, en la dispensación de heroína como alternativa a la metadona, o en la disponibilidad controlada de LSD. En ningún país hay una oferta de drogas comparable, y ninguno tiene menos adictos de los clasificados como irrecuperables. Con mano izquierda ha convertido la marihuana que en Malasia y otros países desempolva la horca en un negocio básicamente tranquilo, del cual viven incontables familias, fuente de un turismo que aprovecha a todos. Para acabar de desconcertar al cruzado, mil coffee-shops con refinadas ofertas de cáñamo y haschisch mantienen ese consumo en un nivel sensiblemente inferior al español, e incluso al italiano e inglés.

Quizá el progreso técnico sea inseparable de una psiconáutica en aumento, que al ensanchar el espacio interior compense el paulatino recorte del exterior, instado por la presión demográfica y el precio del suelo. Tampoco es improbable que drogas por descubrir lleguen a ser obligatorias en ciertas circunstancias, como ahora lo es el cinturón de seguridad. En todo caso, nuestros hijos desoyen el sermón prohibicionista, cuya presencia resulta por eso mismo contraproducente. Cuando hablamos de prevención sin sabotaje será para ofrecer guías de uso, no de abstención. En efecto, a nadie se impone hoy la ebriedad con esto o lo otro, y huir de infortunios evitables pasa por sentar conocimientos en vez de prejuicios. El desafío del momento es que la política de harm reduction no sólo se aplique a minorías castigadas por marginalidad económica o psicológica, sino al conjunto de las personas que por una razón u otra se desvían del menú farmacológico oficial.

Seguir haciendo que ese millar de millones de individuos no tenga acceso al control de calidad vigente para farmacias, estancos y supermercados multiplica los peligros del objeto nominalmente prohibido, accesible en la práctica sin dificultad alguna pero especial por incluir las únicas cosas del mundo donde sola dosis facit venenum. Tras décadas de guerra orientada a redimir almas secuestradas por drogas infernales, imaginar que el descomunal mercado negro podría reconducirse a la transparencia sin mediaciones hoy incalculables es adherirse a un acto tan mágico como limpiar el planeta de drogas ilícitas. Mientras la historia real vaya roturando aquellas sendas eventualmente decisivas, la compasión dicta a mi juicio ir sustituyendo el experimento eugenésico de la cruzada por una razón empírica u observante, aligerada de fábulas. Lo turbador del caso es que se nos llevarán los demonios si no enseñamos a dosificar con ingenio, como intentamos enseñar las profesiones, cuando ese arte pende de tener claras cantidad y pureza.

El experimento prohibicionista no ha conseguido disuadir a usuarios, limitar los puntos de venta o siquiera encarecer lo ilícito. Pero ha logrado espesar la bruma que rodea a cada composición, y por eso mismo ha acabado siendo el principal aliado de su aparente adversario, el traficante desaprensivo.

 

NOTAS

1 Apéndice añadido en 2008.

2 Véase antes, pág. 1161.

3 Tomo el dato de mi hijo Román, actual cónsul adjunto en el país, movido a hacer gestiones frenéticas para que su acompañante —un hijo de dos años— pudiera repatriarse al poco. En la Embajada se da por seguro que la madre cumplirá esa pena íntegra si sobrevive, pues en las cárceles dominicanas cualquier dieta sana debe pagársela el recluso.

4 Sesenta semanas en el trópico, Anagrama, Barcelona, 2003.

5 Véanse antes, págs. 1022-1029.


© Antonio Escohotado
Historia General de las Drogas. Veinte años despues.
http://www.escohotado.org



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